Eliseo y Nicolás: confluencias, divergencias, amistad

Eliseo y Nicolás: confluencias, divergencias, amistad
Eliseo Diego y Nicolás Guillén en la UNEAC

Quien crea conocer las respectivas obras y personalidades de Eliseo Diego y Nicolás Guillén quizás se asombre de que el último poemario guilleneano, El diario que a diario, esté dedicado a Eliseo, y no solo con una simple y formal dedicatoria inicial, sino en todo un poema, «Epístola», donde dice explícitamente: «te entrego mi poema», para terminar con una clara declaración de amistad:

Dixi, buen Eliseo, ya es bastante.

Perdona alguna rima mal situada

y tenme por tu amigo el más constante.

(Tú dirás: —Gracias, viejo. Yo: — De nada).

En ese poema, Guillén le hace confesión al amigo de su propia valoración del libro, que rompe, de una manera modernísima —hay quien la tilda de posmoderna— con su poesía anterior e incluso con mucha poesía que se estaba haciendo en ese entonces, y que no se esperaban los lectores, por la edad y la trayectoria anterior del poeta. En esa confesión se presiente cierto temor a que su novedoso discurso no fuera aceptado. Se «disculpa» con el poeta amigo:

Con chicotes tremendos, con puñales,

exigen voceando mis lectores

que me vaya a otro sitio a mear pañales.

Juro por los sinsontes y las flores

que en aquesta ocasión no he pretendido

provocar con mi verso tus furores.

Y una declaración que amerita toda una reflexión que no haré acá: «regreso pues, sobre mis propias huellas». Al final se entrega al juicio de Eliseo.

Aunque siempre se respetaron, la amistad entre ambos se fue formando con el tiempo, esa categoría tan cara tanto al habanero como al camagüeyano. Como es conocido, después de 1935, y sobre todo en los 40, en medio de los sustanciales cambios de las condiciones socio-históricas cubanas y universales, que convirtieron la época en una de las más complejas de la historia cubana, signada por gobiernos corruptos, gansterismo, represión, crisis de valores, frustración generalizada, etc., se produjo, sin embargo, un enriquecimiento de todas las manifestaciones artístico-literarias.

Dentro de esa riqueza, en el caso de la literatura, y en especial de la poesía, la crítica definió tendencias, muchas de ellas tenidas como polares no solo en cuanto a estilos o temáticas, sino a la actitud vital o ideológica de los ubicados en cada una de ellas. Así, los poetas marxistas o de temática social en general estaban, según esa clasificación, en las antípodas de los miembros de Orígenes; los unos eran solo poetas de temas sociales, políticos e históricos, y los otros, solo esencialistas, trascendentalistas, ahistóricos. Guillén estaba en uno de esos extremos, Eliseo en el otro.

Sin embargo, no todo era en blanco y negro. Dentro de las divergencias en sus obras y sus creencias, había argamasas que, de alguna manera, unían a las dos tendencias. Una era el indiscutible amor patrio de ambos grupos, y la otra el respeto al otro, con independencia de su no coincidencia en muchos aspectos. Refiriéndose a Orígenes y a Gaceta del Caribe, José Antonio Portuondo, que pertenecía a esta última, declaraba: «No existía rivalidad, por el contrario, estreché amistad con Cintio Vitier, Fina García Marruz, y el propio Eliseo»; y se sabe que, bronquitas aparte, Mirta Aguirre y Lezama eran grandes amigos, de los que se hacen bromas y reproches sin lastimarse.

Lamentablemente, y por paradoja absurda, en los primeros años de la Revolución se intentó, y se logró en buena medida, abrir brechas entre los poetas cubanos, atacando, sobre todo, a los origenistas. Como dijo el mismo Eliseo: «Luego fueron quizás injustos, porque no podían saber cómo apretó el hambre de autenticidad y qué alto precio tuvimos que pagar por ella».

No hay datos suficientes para fechar el inicio de la amistad entre Eliseo y Guillén. Es posible que se haya iniciado, o al menos fortalecido, después de 1959, a partir de la vinculación del primero con las tareas de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, que dirigía el segundo. Pero sí que esa institución fue testigo de la entrañable relación amistosa de ambos poetas, desde pocos años después de fundada. Y en esto, en mi criterio, tiene mucho que ver el carácter de los dos, sus gustos, sus costumbres, sin importar los dieciocho años de diferencia entre sus edades, y mucho menos que uno fuera católico y el otro ateo. Hay otras cercanías entre los dos poetas, que no tienen que ver con esas condiciones.

Para los que pasaban cerca del despacho de Guillén, era usual oír las estentóreas carcajadas de los dos amigos, porque ambos eran buenos humoristas, y de gran agilidad mental. Aunque en su obra el humor no es un recurso usual, Eliseo disfrutaba de los chistes y cuentos populares, tenía buena memoria para ellos, incluso los clasificaba (chistes de gallegos, de negros, de rusos), y seguramente Nicolás los disfrutaba en esas sesiones.

En otras cosas coincidían: les gustaba la buena cocina, el buen whisky, la conversación entre amigos, la admiración a la belleza femenina, la jovialidad, el buen decir cubano, el disfrute de la naturaleza, y otras muchas afinidades que los pueden definir como típicos hombres de la Isla.

También eran expertos conocedores de la literatura, sobre todo de la hispánica, y la disfrutaban como niños. Cuenta Nancy Morejón que en varias oportunidades fue testigo de una original competencia entre los dos amigos sobre quién podía decir, de memoria, textos de la poesía española, tanto medieval como del Siglo de Oro. 

Hasta cierto punto, hay determinadas confluencias en su decir poético, no en el estilo, por supuesto, pero sí en la voluntad ideotemática de muchos de sus poemas. Por los diferentes caminos que conducen a la cubanía, los dos arriban a ella; Guillén, desde la búsqueda constante de la identidad nacional, tanto en cuanto a los factores humanos que la conforman, con énfasis en los sectores más humildes del país, como a la problemática social en cada una de las etapas de su historia. Eliseo, por su parte, como ha explicado Cintio Vitier, buscando un «linaje espiritual» en lo cubano, y haciendo, mediante un ejercicio de taracea memoriosa, que las «pequeñas cosas», lo cotidiano, la familia, el ambiente natural, formen el cuadro de la historia y la identidad cubanas. En su etapa de mayor madurez, el tratamiento del tema histórico incluye el canto a personalidades, como Martí, Che, Carlos Manuel de Céspedes, entre otros.

Otro acercamiento entre los dos poetas es que, ellos también, gustosamente se libraron del «pasmo de seriedad que mantiene rígidamente alejados de los niños a la mayoría de los escritores y artistas de nuestras culturas latinas», como apuntara Eliseo, refiriéndose a otro grande de la literatura cubana, Onelio Jorge Cardoso. Tanto Nicolás como Eliseo escribieron sendos libros dedicados a la infancia, que están entre lo mejor de esa serie literaria en Cuba.

En el capítulo dedicado a Eliseo Diego en Lo cubano en la poesía, Cintio Vitier hace un paralelo entre «lo cubano y lo criollo, como categorías de la envolvente cubanidad que a todos los incluye», y en él va definiendo, mediante ejemplos, las características de cada una de ellas. Entre esas definiciones —no tanto diferencias— está la siguiente: «Lo criollo es maternal, y lo cubano está en las rebeldías e ilusiones del hijo». Advierte Cintio que «No se trata […] de fenómenos excluyentes, ni de grados de mayor o menor legitimidad. Son anillos del mismo tronco, vetas de la misma madera».

Glosando esa conceptualización de Vitier, y quizás forzando un tanto la comparación, creo que podemos apreciar en Eliseo lo criollo —en el mismo sentido que lo vio Cintio en En la calzada de Jesús del Monte—, y en Guillén lo cubano; «los dos del mismo tamaño».

En definitiva, ambos vivieron la frustración posmachadista, y el triunfo de una revolución que cambió al país y a ellos mismos; ambos amaron a su patria y a la poesía, ambos trataron de hallar los rasgos definitorios de la cubanidad, ambos abordaron en sus obras barrios, pueblos, calles, personajes, costumbres, que la conforman. 

Quizás no sea casual que, muy cercanos en el tiempo, Guillén haya publicado El diario que a diario (1972), que trata de manera satírica la historia de Cuba, y Diego su poema «Pequeña historia de Cuba» (1977), y que en esos mismos años aparecieran dos de los poemas más estremecedores y mejor escritos de los publicados tras la muerte de Che Guevara, «Che Comandante», de Guillén, y «Donde nunca jamás se lo imaginan», de Eliseo, que tratan de la permanencia del Guerrillero Heroico, al contrario de los propósitos de sus asesinos.

Hay incluso coincidencias que resultan más bien confluencias provocadas por el «topo de la historia». Es conocida la anécdota guilleneana sobre cómo concibió Motivos de son. Según él, en un momento de duermevela, sintió una voz que repetía «Negro bembón, negro bembón». Se levantó, y empezó a escribir los ocho poemas que fueron publicados en Diario de la Marina, y que lo lanzaron a la popularidad y al encuentro de su voz poética.

Por su parte, Eliseo contó, en más de una oportunidad, que mientras esperaba a su madre, que era atendida en una clínica, al ver un tranvía que bajaba por la calzada de Jesús del Monte, le vinieron de pronto los primeros versos del libro de ese nombre: «Por la calzada más bien enorme de Jesús del Monte/ donde la demasiada luz forma otras paredes con el polvo/ cansa mi principal costumbre de recordar un nombre», que fue el germen de la idea de escribir el poemario, que es el más conocido y apreciado por los lectores.

En el centenario del querido Eliseo Diego, he querido rememorar, grosso modo, su amistad con Nicolás Guillén, y su cercanía a varios aspectos de su poética, quizás con el ánimo de demostrar que, como dijera el propio Eliseo, se puede «hallar algún foco en que puedan convivir diversas miradas».

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