El tren

Terminal de Ferrocarriles de Morón

Cierto día, en mis funciones de historiador de la ciudad, me tocó recibir a una delegación italiana que viajaba por vez primera a mi país. Con mucho esmero les relaté la historia del simbólico gallo, les hablé de las viejas costumbres y tradiciones moronenses, de las leyendas que las abuelas desdentadas contaban a los niños para darles pavor y que muchos años después yo relataba para dejar boquiabierto a cuanto extranjero llegara a mi terruño. 

Mientras nos desplazábamos en un microbús a través de la calle principal del poblado, iba comentando lo más significativo que aparecía antes nuestras miradas, como un narrador de documentales cinematográficos.  Uno de los visitantes, impresionado por su arquitectura neoclásica y quizás por su aspecto gráfico de postal de los años veinte, hizo detener el ómnibus frente a la terminal ferroviaria. Todos descendimos y comenzamos a recorrer el interior del inmueble. Les dije que los vitrales del techo y los mármoles eran obra de un coterráneo suyo, el escultor Ugo Luisini; les hablé de las luchas obreras de Enrique Varona, de la importancia de los ferrocarriles en… y me dejaron con la palabra en la boca cuando escucharon el estridente pitazo de una locomotora que permanecía estacionada en el andén.

Los flashes de las cámaras fotográficas se proyectaban contra la misma, mientras una expresión de asombro irrumpía de cada uno de sus semblantes. No había que ser historiador ni adivino para deducir que la admiración se debía al anacronismo de aquella locomotora que rugía como un dragón herido. Me preguntaron si se trataba de un viaje turístico para recrear el pasado. Les respondí, muy circunspecto, que era el tren normal que cubría la ruta de Morón a Ciego de Ávila. Mi respuesta los asombró. A mí en cambio me dio un poco de vergüenza, pues hacía sólo unos instantes les había comentado que Cuba era el primer país latinoamericano en establecer el ferrocarril.

Quisieron ver por dentro los vagones de aquel tren de olvido. Abrigaba la esperanza de que el custodio no los dejara pasar al andén, pero el primero de los italianos que se acercó al mismo, le metió en el bolsillo un CUC, lo que bastó para que este abriera la reja de corredera de par en par. En un segundo, abordaron los vagones. Uno está acostumbrado a viajar en esos artefactos extemporáneos y los ve como el pan nuestro de cada día, pero para un extranjero constituía una verdadera atracción. Ya dentro del tren, cuando vieron la mugre que lo cubría todo, los cables eléctricos colgando sobre las cabezas de los pasajeros, los asientos desechos, los cristales de las ventanillas quebrados; cuando sintieron el fuerte olor a miasma, a sudor tropical y a orine que reinaba en el ambiente, pensaron que se trataba de un recorrido turístico organizado por el museo de la ciudad. “¿Cóme fatto para que tutto parezca real?”, preguntó el más joven en un itañol envidiable.  Si en aquel momento no solté una carcajada, fue porque mi ética profesional me lo impidió.  Me hice el desentendido para no responder a aquella pregunta surrealista y continué mi recorrido a través del interior de aquel tren de principio del siglo XX.  Pasó por nuestro lado uno de los carismáticos vendedores ambulantes pregonando chupa-chupa. “¿Qué diceva?”, preguntaron. “Dice que por un peso te ponen a chupar durante media hora”, se rieron sin entender la esencia de mi respuesta y ¡al fin! descendimos por el último coche.

Abordamos el microbús y continuamos a lo largo de la calle Martí hacia la parte más antigua de la ciudad. Pretendía sacarlos del asombro del tren, mostrándoles la imagen de la única iglesia del mundo construida con fines divinos y bélicos, pero fue inútil. El cuento de su arquitectura con aspilleras y torre almenada, bajo las cuales permanecen los santos que más pólvora han olido en toda la historia celestial y mundana, no los impresionó tanto como aquel tren, similar al que habían visto en el Museo de la Ciencia y la Técnica de Milano, con la diferencia de que éste no permanecía postrado fríamente como un animal disecado, sino que respiraba humo por su chimenea, estaba vivo y listo para salir a desmentir la historia.

Me pidieron regresar cuanto antes a la terminal para ver salir el tren. Los conduje nuevamente hasta el andén. Esta vez el portero abrió la reja sin que nadie profiriera palabra alguna.  Se colocaron lo más cerca posible de la locomotora. El vendedor de confituras bajó del tren porque este ya iba a salir. Uno de los italianos le dio un CUC por un chupa-chupa. El vendedor se fue sonriente. Hizo el día. El italiano me preguntó qué era lo que había comprado. Para mí fue muy difícil traducirle la definición exacta de un chupa-chupa y entonces recurrí al lenguaje onomatopéyico. Se escuchó un estridente pitazo y el tren se puso en movimiento. Los italianos miraban con caras de asombro. Pensaban en la locomotora del museo de Milano.

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