Un poema de amor y un sermón para estos tiempos

Larry Morales, escritor y presidente de la filial de la Fundación Nicolás Guillén en Ciego de Ávila.

AMADA

Amada
te siento por momentos tan ausente
tan lejos, tan fugaz, tan sola
navegando en las tristezas
del mar de tus pupilas.
 
Te siento en el otoño
y en la solemnidad de un pajarillo muerto.
 
Hoy te arrancaste una mañana nuestra,
toda la biología de un te quiero.
 
Amada
si acaso un duende surge y te acaricia
no temas, por favor, que son mis manos;
mis manos en busca de tu vientre
misterioso y vacío como el aire,
son mis manos, amada, son mis manos.

NUEVO SERMON PARA ESTE TIEMPO

Bienaventurados los pobres en espíritu
porque de ellos es el reino de los cielos.
También reciban una cálida bienaventuranza
los otros pobres,
los que tienen la despensa llena de hambre
el techo colmado de intemperie;
los que enloquecen sin otra alternativa
al ver impotentes la muerte de sus hijos.
Pero a éstos que no les ofrezcan el cielo,
sino un pedacito del reino de esta tierra.
 
Bienaventurados los que lloran
porque ellos serán consolados.
Mas los que no han echado ni una lágrima
porque nacieron con la aridez del sufrimiento,
recibirán el consuelo de la lucha.
 
Bienaventurados los mansos
por ser los más sufridos,
los que no se rebelan contra el tiempo
los que padecen silente humillación
sin atreverse a levantar las cabezas.
Ellos no heredarán la tierra, como dice la Biblia,
mas tendrán una gran pena ancestral
hasta tanto dejen de ser mansos
y se lancen a reconquistar
los derechos que les robaron a sus antepasados.
 
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia
porque ellos serán saciados.
No con pequeños mendrugos provisionales
que sólo servirían para hartarlos de mentiras.
Serán saciados con el vino de la certidumbre,
de las grandes multitudes,
el que se bebe en copa definitiva y justiciera.
Sólo entonces estarán satisfechos.
 
Bienaventurados los misericordiosos
porque ellos alcanzarán misericordia.
De todas formas que eviten ser torturados
ya que corren el riesgo de no alcanzar piedad
y morir saturados de golpes y de fe.
 
Bienaventurados los de limpio corazón,
no los que creen tener inmaculada limpieza
por haber confesado menos de la mitad de sus pecados
o haber dicho cientos de Padrenuestros,
Credos, Avemarías
por cada hombre mandado a asesinar.
Tengan la bienaventuranza
los que aman al prójimo
y no se han enriquecido con la pobreza de otros.
¡Esos sí tienen el corazón bien limpio!
 
Bienaventurados los pacificadores
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Y serán llamados también hijos de la supervivencia
y de la tierra y de la humanidad
porque a ellos les deberemos la vida.
Basta de bienaventurar
a los que pacifican con el crimen,
a los que hablan de paz en las asambleas de la ONU
y sueñan con el arma de exterminio masivo.
Esos serán llamados hijos de la desolación,
de la catástrofe, de la sombra absoluta,
porque a ellos les deberemos la muerte.
 
Bienaventurados los que padecen persecución
porque se alzarán contra sus perseguidores.
Para ellos, como para los pobres en espíritu,
está reservado el reino de los cielos,
sin embargo,
prefieren seguir siendo perseguidos
porque se han dado cuenta
de que hacen mucha falta aquí en la tierra.
 
Quiero dar mis bienaventuranzas
a algunos de los que no se incluyen en la Biblia
pero que también merecen ser afortunados.
Bienaventurar a los desaparecidos
porque algún día y en cualquier rincón
aparecerán sus cadáveres o sus huesos.
A los torturados;
a los narcómanos, alcohólicos e impotentes;
a los pordioseros
porque no dormirán en los portales públicos;
a los mediocres
porque algún día brillen con luz propia;
a los pecadores de toda índole.
Bienaventurar, en fin, a los hombres
porque de ellos dependerá el futuro.

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