Motivos de son por Nicolás Guillén

Con Glosas por Fernando Ortiz

(Texto publicado en Archivos del Folklore Cubano, La Habana, v.V, no. 3, julio-septiembre, 1930, pp. 222-238.)

Reproducimos los versos que acaba de publicar Nicolás Guillén con el título de Motivos de son. Su autor es un poeta que ha escrito para la música popular del día esos versos, ajustándolos a uno de los muchos ritmos musicales y espontáneos de la musa afrocubana que retoza entre los hijos del pueblo, dando a nuestro acervo artístico muy legítimos valores, de los cuales ya han pasado algunos al tesoro universal, como la habanera, y otros están penetrando en su conocimiento, como la rumba y el son.

En estos últimos años la musa folklórica de Cuba ha producido el son, que es una pieza musical bailable y cantable a la vez, como todas aquellas otras nacidas de la íntima colaboración afrocubana.

Los versos de Guillén no son folklóricos en el sentido de su originalidad, pero lo son en cuanto traducen perfectamente el espíritu, el ritmo, la picaresca y la sensualidad de las producciones anónimas. Pronto esos versos pasarán al repertorio popular y se olvidará quizás quién sea su autor. Y acaso este sea el mérito mayor de su obra: ¡apoderarse del alma popular como nacida de ella misma!

Nuestros hombres de artes y de letras van cada vez comprendiendo más y más que es necesario bajar al pueblo y beber las linfas puras que fluyen de su espíritu. Todavía no escasean los que hasta se ufanan de su desdén por lo más substancioso del alma cubana, crisol ardido al rojo, porque no juega con sus insipientes petulancias. Ya hubo de pensar Martí que “suele ser a menudo prueba cierta de entendimiento segundón, que al gozo de cavar por sí en lo nuevo se prefiera llevar a cuestas lo que cavó otro; o prurito rural del hijastro que en la brava honda solariega suspira avinagrado por su fantástica progenie de galanes y damas palatinas, y en su inútil corazón niega a su padre”. ¡Cuántos, de espíritu enteco y desmazalado, creen hallar la quintaesencia del nacionalismo en la dulce soñera de un tradicionalismo perezoso! Queriendo alardear patriotismos, no saben vestirse sino con los ropajes y prejuicios del pasado o con los indumentos que antaño llevaron en sus ritos de sacrificio los héroes guiadores de almas, sin pensar que éstos lograrán siempre la gloria, no por la fútil pertinacia en reavivar un pasado muerto, que con su belleza romántica encubre siempre la podre de las cosas descompuestas, sino por las ansias insaciadas, y perseguidas con sacrificios, de un porvenir superador. La gloria no fue en la nostalgia del pasado, que a los viejos adormece y emociona, sino en el orgasmo de un constante engendro de vida futura en las entrañas de la realidad presente, que sólo es dado a la juventud de la carne y del espíritu. El recuerdo es hermoso; pero lo es tanto al menos la vida y más aún lo es la esperanza. Nuestro porvenir cubano, en el arte como en todo, no está en repetir en toda ocasión la suave melopeya del pasado, sino en crear y recrear de uno a otro momento la fuerte canción que ritme con todas las nobles melodías de la vida que brota sin cesar, huye del remanso y nos arrastra hacia el futuro con esa fruición inestable que lleva todo instante creador. El alma cubana hallará una y otra vez su fuerza en los brazos amorosos de su pueblo, abandonándose a sus amores o iluminándolos con toda la luz del mundo.

Estos versos de Guillén reflejan un momento de la poesía popular con que nuestro pueblo traduce sus sentimientos más espontáneos, extravasándolos de los moldes cursis y vulgarotes de la vieja y presuntuosa cacharrería. Por eso vienen a estos ARCHIVOS. El perspicaz y culto periodista cubano Ramón Vasconcelos ha comentado esos versos de Nicolás Guillén de manera muy interesante en su artículo Motivos de Son (El País, junio 6 de 1930), como sigue:

He leído –mejor diría he cantado- los “Motivos de Son” de Nicolás Guillén. Están bien, porque hay en ellos sabor folklórico, criollo, afrocubano, del patio; sabor a guanábana, a mamey, a mojo agrio, a ron. Están bien porque son el producto espontáneo de la tierra natal, todo atavismo, sensualidad y sol a plomo.

Cuba no es el sur yanqui ni el son es el “blue”, como la guitarra no es el banjo. Ni mejor ni peor. Asunto distinto.

El “blue” es el sollozo contenido del esclavo que añora. La choza de paja del bosque lejano y libre, es el dolor sin orillas, más ancho y más hondo que el Misisipi, es la tristeza del crepúsculo en los algodonales de Nueva Orleans, es la esperanza sin esperanza en la mano de Dios, y es la novia distante que sueña a pesar de todo en los futuros hijos, encadenados ya antes de haber nacido. El “blue” es el acento anterior a la emancipación. Lo contrario del “charleston”, que es la alegría exuberante y selvática, la risotada franca que ahoga todas las melancolías del viejo Tom. Es el “bar” de Harlem.

El son no expresa la nostalgia plañidera del “lieder” negro ni el buen humor estrepitoso, jazbándico, de los “minstrels”. Hijo del sao, salió de las cuerdas del “tres” –las tres cuerdas de la guitarra baracoesa, a veces bandurria adaptada al triple tono, otras simple caja de tosca fabricación montuna cruzada por tres hilos de tripa; -sin el alarido de la guajira, sin el “ritornelo” quejumbroso del punto, sin el subrayado burlesco de la guaracha, sin la mueca del bolero, sin la estridencia ni la lubricidad de la rumba, conserva el ritmo típico y un poco de las peculiaridades de esos géneros de nuestra música popular. Sólo que La Habana le ha dado su malicia y su manía de filosofar las trivialidades del barrio bajo: el idilio en la acera, el chisme de la comadre, los celos furibundos del güajiro en jarras, la manera de caminar de la mujer de Antonio, la indignación de Ciro porque andan diciendo que ha perdido la voz, aquella voz que encantó a Panchita. La nota igual de la carne. Mujer, mujer. El trópico en agosto. El estiramiento elástico del deseo como el desperezo de un gato después de la siesta. Y todo ribeteado de choteo. Imaginación vivaz, que no ha producido un mal cacharro de alfarería, ni tallado a cuchilla un trozo de nuestra magnífica madera, ni modificado el sistema de construcción de siboney, pero que ha inventado el “rascabucheo”.

Esto es lo que canta Guillén y esto lo que tiene cantores de sobra de “cumbancha” que pone a San Lázaro detrás de la puerta y se da baños de albahaca para alejar la mala suerte.

Entiéndase lo que digo: No detesto lo vernáculo; al contrario, lo amo y lo defiendo. Es lo nuestro, lo mejor que tenemos, quizás lo único que nos queda, y de todo lo que nos queda, lo más nuestro es la música popular. (La habanera de Sánchez de Fuentes, la criolla de Casas y Anckermann, el capricho de Lecuona, son otra cosa, más depurada, pero por lo mismo menos autóctona). “Siboney” es poco más o menos una romanza de cualquier parte, excelente desde luego: “Mamá Inés”, en cambio, es una estampa colonial sin confusiones, es el paisaje del “Manglar” con sus curros de zapatilla de cuero de venado, camisa de vuelitos y el pañolón de seda ceñido a la cadera, es el retrato de una época.

Esa época no es la de Guillén. Entonces José Rosario no sabía celebrar la “sandunga” de María la O más que en la forma deliciosamente disparatada que lo hace hoy el vate anónimo en los ocios de la accesoria. La niebla del “blue” envuelve congojas muy profundas. Hay canciones del Sur que sangran.

El son no necesita ser un medio de protesta social. Si pierde la sal del despropósito y la intención picante, se hace culto, entra en las antologías, se descubaniza y el día menos pensado nos lo ofrecen como un género de importación extranjera. Por lo pronto. “Mamá Inés” anda en discos por París con el seudónimo de “Mamaya” y acompañada de un bambuco brasileño que en nada se le asemeja.

Lo criollo, lo afrocubano, lo afrocriollo, o como decía mi elocuente amigo Chalequile, lo “afrolatino”, debe conservar su carácter.

Junto con esos párrafos, llenos de sentimientos y expresión, y de justicia, Ramón Vasconcelo ha escrito estos comentarios:

“Pero Guillén, poeta de numen bien enfrenado, no como los caballos de circo, sino como el “pure sang” de carrera, capaz de esfuerzos serios, no debe darle el brazo a la musa callejera, fácil, vulgar y descoyuntada.

De eso nada quedará, salvo el pretexto para que se dicten veredictos de ineptitud. Yo sé: el poeta joven tiene muchas cosas íntimas que decir; confidencias amargas, fiebres, redentistas, admoniciones catapúlticas, y se escapa por la tangente con el sonoro repiqueteo de las onomatopeyas sobre el parche del tambor.

Hay motivos para son, pero no hay motivo para tanto, ni para tan poco.”

Vasconcelos concluye su criterio diciendo:

“Guillén puede y debe ponerse en la avanzada –no digo en la “vanguardia” porque eso, como en América suele entenderse, es una especulación idiota de los “snobs” para disfrazar su falta de originalidad, de calibre mental y hasta de sentido común-; debe universalizar su verso y su idea en vez de meterlos en el solar para que brinquen al son del bongó. Lo peor para el que empieza es enamorarse de la popularidad. El piropo pierde.” No le preste atención Guillén y trabaje en firme y en serio. La cantera es inagotable; da para el escultor y para el picapedrero. Aplíquese a su consejo:

 “Camina, caminante,
sigue;
no la mires si te llama,
sigue;
acuérdate que ella es mala,
sigue.”

Ajuste el paso a ese tiempo de son y siga escribiendo poemas humanos, hondos y de ahora.

Estos juicios son encomiásticos para el estro de Guillén, que tan íntimos tratos, amorosos y creadores, ha tenido con la musa popular, pura y fecunda cual ninguna. Pero Guillén discrepa de Vasconcelos, quien lo llama a más avanzadas y universales concepciones, y replica muy sesudamente, y con humorismo fino, en un artículo titulado Sones y Soneros, en El País (12 de junio de 1930). Lo reproducimos casi íntegramente, desde el renglón que ahora viene.

Al través de todo el artículo de Vasconcelos corre, como un estremecimiento, el temor de que yo me dedique ahora a la cómoda labor de fabricar “letras” para nuestros célebres sextetos, sin más ambición que la de ser “uno más” en esos típicos conjuntos musicales. Probablemente el “bongosero”. O, acaso, ese otro sujeto que mientras la endiablada música puebla el aire de cadencias ancestrales, nos invita a deslizar una moneda humilde en el plato, abierto como una interrogación desesperada. Me apresuro a confesar que no aspiro a tanto.

A mí me faltó haberle explicado a Vasconcelos, cuando le envié estos versos, que ellos no tratan de ser más que una contribución a la poesía, al ritmo popular en Cuba. La premura de mi parte en hacer llegar aquel presente al amigo distante no me permitió entonces abundar en esas consideraciones, por más que en todo momento lo estimo inútil, tratándose de un hombre tan inteligente y tan fino como él. Precisamente por esto, no creo necesario ahora aclararle que los “poemas de son” constituirán una parte tan solo de mi obra. Una parte muy exigua. Doce poemas en un volumen que tendrá más de cincuenta. Pero yo quiero que figuren allí, porque sin ser el “son” igual al “blu”, ni existir semejanza entre Cuba y el Sur de los Estados Unidos, es a mi juicio una forma adecuada para lograr poemas vernáculos, acaso porque esa es también actualmente nuestra música más representativa.

Por otra parte, creo que los “poema de son”, desde el punto de vista literario, y por la significación que en el mundo tiene hoy lo popular, constituyen un modo de estar en la “avanzada”, como quiere el gran periodista cubano. Entre nosotros, donde a menudo no pensamos más que con cabezas de importación, precisa cierto heroísmo para aparecerse con unos versos primarios, escritos en la forma en que todavía hablan –piensan – muchos de nuestros negros (y no pocos blancos también) y en los que se retratan tipos que a diario vemos moverse a nuestro lado.

Aunque a Vasconcelos le han parecido muy fáciles, a mí me costaron muchísimo trabajo, porque pretendí comunicarles una ingenuidad de técnica que nunca he tenido y una frescura de motivación que les era necesaria. A pesar del tiempo que esa tarea me ganó, ni la ingenuidad ni la frescura han sido tantas que disimulen el origen de los poemas. Y yo sí quería hacer algo verdaderamente sencillo, verdaderamente fácil, verdaderamente popular. Algo que fuera como el “son” de los que protestaron contra el “son”. ¿Usted no conoce ese cuento, Vasconcelos? ¿Sí? Y el lector también, ¿no es eso? Pues de todos modos voy a referirlo.

Era un grupo de negros enemigos del “son”. Temían que esa música llegara a constituir una deshonra “para la raza”, y decidieron celebrar una asamblea, a fin de adoptar orientaciones salvadoras frente al problema.

El día de la junta, el presidente explicó a los reunidos cuál era el motivo de aquel acto.

-Señores –dijo con voz punteada por la emoción- para nadie es un secreto que el “son” está tomando demasiado incremento entre nosotros; y aunque sé que una gran parte repudia esa manifestación de atraso, es nuestro deber interesarnos por los infelices entregados a tal desenfreno y a tal ignominia. ¡Abajo el son, y mueran sus bailadores!

Aquella exclamación produjo el efecto deseado. Un “muera” seco, apretado, fuerte, coreó las últimas palabras del presidente, que exclamó enseguida:

-Muy bien; así me gusta. ¡Ahora mismo voy a redactar un manifiesto al país, explicándole nuestra actitud!

Sin embargo, un espíritu previsor que había entre los reunidos, entendió que era preciso comprobar por modo efectivo si todos estaban de acuerdo en que el “son” desapareciera, por lo que pidió tímidamente, que se efectuara una votación nominal. Accedió la junta, y el presidente llevó a cabo el escrutinio. A cada uno le fue preguntando si deseaba la supresión del baile maldito:

  • ¿Usted está conforme?
  • Sí señor.
  • ¿Usted está conforme?
  • Sí señor.
  • ¿Usted está conforme?
  • Sí señor.

Así fue desenvolviéndose la votación, pero cuando la cosa llegó al último negro, los demás habían “levantado” un “son” formidable, en coro unánime y caliente:

“Uté ta confomme?

Sí, señó;

Uté ta confomme?

Sí, señó;

Uté ta confomme?

Sí, señó…”

¡Afortunadamente, aquellos desdichados no habían podido desmentirse!

Tiempo después y con un artículo titulado A ritmo de son, ha intervenido en el debate M. Sire Valenciano, otro escritor compañero de Nicolás Guillén, compañero de raza, de juventud y de gusto (en el Heraldo de Cuba, 13 de agosto de 1930), cuyo son estos párrafos expresivos.

¡Cántame a ritmo de son, hermano negro, la gesta de tu vida, donde no dejes de ser íntimamente negro…!

¡Cántame a ritmo de esa música popular, rápida, múltiple e intensamente humana, la confidencial historia de tu triste pasado a la grandeza evangélica de tu presente…!

¡Cántame, hermano negro, entretejiendo melodías, con las fuerzas elementales del hombre, los pueriles, sabrosos y elásticos poemas negros de Nicolás Guillén, aunque pesen sobre de ti todas las fatigas de una raza…!

Cántame este “motivo de son”:

 Mulatica colorá,
aprende d’esa negrita,
que se planchó la pasita,
se cotó la melenita,
y tiene memba rosá.
Aprende de la negrita,
cótate el moño
colorá;
cótate el moño
colorá;
aprende de la negrita.
Aprende de la negrita
que sabe labá,
planchá,
que se cotó melenita
y e la Reina d’el “solá”.

¡Anda, hermano negro, canta, que el silencio no nos afloje el empuje, al compás del estremecimiento de las seis cuerdas de tu guitarra, los motivos de este son…!

¡Hermano negro, se ha esfumado contra nuestra raza “afrocubana” todo el odio brutal de muchos blancos que tenían el alma negra, al captar con voluptuosidad ese ritmo lúbrico, sensual, abrasador, que embriaga los sentidos y pone en los rostros una expresión de luminosa fosforescencia ecuatorial!

Hermano negro, ya los blancos no se encogen de hombros cuando estamos cerca de ellos… No fatigan a nuestra raza con los rudos trabajos bajo el sol candente de los cañaverales… No castigan, no sacrifican, ni le hacen padecer “boca-abajo” el flagelo inmisericorde del “mayoral” … Porque hemos encontrado para ellos, en medio de nuestra amargura, con nuestras carcajadas estentóreas, con nuestras canciones espirituales, lastimeras y la gárrula prosodia pintoresca de nuestros decires socarrones, el ablandar su espíritu hasta moverles las fibras del sentimiento… Porque hemos encontrado, con nuestros ritmos de danza totémicas, erótica, jocunda, que, en medio de la noche, con los cuerpos semi-desarticulados por el deseo del placer bestial, incitarlos a estrujar carnes palpitantes de núbiles etiópicas a morder labios rojos, carnosos, como frutas maduras, y… hasta morir entre las sombras de un silencio nocturno tal una selva… Y, nada más…

¡Cántame tú, negro “sonero”, nexo de mi raza, con toda la fibra de su ancestro salvaje en los milenarios bosques de las selvas africanas, con todas las fuerzas de los glóbulos rojos que a torrentes corren por tus arterias; todo lo íntimamente negro que para atestiguarlo está hasta en la obscuridad de tu piel y en el emotivo ritmo del “bongó” sagrado…!

¡Cántame a ritmo de son, hermano negro, los poemas de Nicolás Guillén o la gesta de tu vida…!

Otro curioso episodio de este entrechocar de opiniones entre los elementos de color de la población cubana, con motivo de si deben o no aceptarse las posiciones mentales basadas en el reconocimiento de la realidad de la diversificación étnica, como conveniente o nocivo postulado para una mejor integración de la igualdad social.

No conocemos la conferencia que dio el poeta Nicolás Guillén a los socios de “Atenas”; pero de su índole y tendencia nos informa Gustavo E. Urrutia, con las muy penetrantes observaciones a que nos tiene acostumbrados, en una glosa suya del Diario de la Marina (agosto 1930), que dice así:

La finísima conferencia dicha el domingo en el Club Atenas por nuestro compañero Nicolás Guillén con el título de Motivos Literarios, por su contenido lo mismo hubiera podido titularse Motivos de Son o Yambambó, pero necesitaba de la primera denominación mencionada para asegurar, como los cuadros en ciertas academias caducas, el requisito de la previa admisión, a reserva del fallo intrascendente, campanudo e inapelable con que se les glorifica o condena en definitiva, sin que una u otra cosa importe mucho al autor después de que su obra rindió el mensaje que le fue confinado.

Ni Motivos de Son, ni Yambambó hubieran sido nombres simpáticos, eufónicos, para nuestra “buena sociedad” que ha proscripto de sus salones el verdadero son de bongó, maracas y voces, y que odia, por precepto reglamentario, a ese hijo monstruo de sus propias entrañas. El negro fino que quiere aliviar sus penas bailando sabroso, tiene que buscar la música afrocubana en los calumniados “bajos fondos”, y si no se atreve a tanto traerá “el sexteto” a su casa o lo encontrará en la de algún amigo, pero en el club Atenas, en la Unión Fraternal y tal vez en alguna otra de nuestras mejores sociedades no lo verá jamás. ¡Primero muerto!

No piensa lo mismo la “buena sociedad” blanca, que ama el son como lo ama el negro, pero que no le teme como éste, tal vez porque no lo conozca en toda su “peligrosa” intimidad familiar. He aquí uno de los pocos casos en que el negro leído no quiere imitar al blanco y mantiene un tabú social contra ese baile delicioso, argumentando que el blanco es sólo un consumidor de esa mercancía que produce el negro y que consume “al” negro en su propio encanto. Hay en esta prevención cierto vaho de sociología rudimentaria que merece alguna suerte de respeto.

Nuestros “académicos”, que han fabricado y mantenido esa alarma contra el son-baile, se desgañitan ahora contra el son-poema, porque en este ven la consagración de aquel, y los juicios favorables de la crítica literaria los califica de votos insidiosos. Pretenden ver en la discrepancia de Ramón Vasconcelos un refuerzo a la tesis de “profilaxis racial”, cuando en realidad lo único que Vasconcelos pide es que no le civilicen el son, porque lo prefiere a la rústica, como lo produce el pueblo. Apetencia artística que nada tiene que ver con los complejos sociológicos que se le atribuyen.

De estos “académicos” algunos censuran la forma de los Motivos de Son. Dicen que no existe ese lenguaje en ningún sector de nuestra raza. Estos son sordos que no quieren oír. Pero la emoción de esos poemas no está solo en su prosodia, que es local, habanera, sino en su sentimiento que es cubano, pues lo mismo reacciona en presencia de ellos un pinareño que un camagüeyano o un oriental. Otros de los guardadores del prestigio negro alegan que lo detestable es la actitud bajuna de sus personajes y deducen que con ello se quiere pintar a toda una raza. Esto denuncia en tales individuos una ausencia lamentable del sentido del límite. Y toda esta algarabía no tiene consuelo más que para alguno quizás demasiado optimista como yo, que con un buen microscopio consiga descubrir trazas de vitalidad en nuestra conciencia colectiva en medio de tanta hojarasca.

En esta atmósfera de hostilidad se asumió a sabiendas Guillén para dar su brillante conferencia, que ha sido calificada de arrogante por algún espíritu bilioso, y que a mí me parece deliciosamente humilde y hasta piadosa. El, que no es bastante inocente para creer que había de convencer a la mayor parte de aquel respetable auditorio con nada que no fuera la abominación de su propia obra, se propuso recrearlo, en cambio, con una exquisita pieza literaria servida en forma elemental, pero con cierta apariencia polémica que disimulaba lo primariamente didáctico de su disertación.

Eso, más que arrogancia, parece humildad. Dedicar la tercera parte de su conferencia a la explicación del lugar común en la literatura y en la mentalidad vulgar no es arrogancia, sino mansedumbre. Exponerse a que personas enteradas lo sorprendan aclarando el concepto del “vanguardismo” a estas alturas, demanda una abnegación y un espíritu de servicio admirables. Combatir los tabús, las supersticiones raciales y el sentido común, de manera que haya posibilidad de que algún oyente quede convencido y que los otros no se accidenten de indignación, tampoco puede tomarse como arrogancia. Ni mucho menos el hacer una conferencia de cerca de cinco mil palabras y negarse a publicarla por respeto al público ilustrado a quien no debe ofrecerse cosas obvias, y por consideración a los que sacaron algún provecho de la blanda disciplina.

De esa culta humildad necesitamos mucho en Cuba: de la que se hace perdonar el talento y el saber, de la que transigue y eclipsa su brillo cuanto sea preciso para que se pueda aprovechar algo de lo que lleva consigo, de la que se da generosa.

La soberbia de Guillén hubiera consistido en no dar la conferencia… o en darla de modo que la pudieran comprender muy pocos.

Recogemos esos artículos en los Archivos del Folklore Cubano, trayéndolos de la sección que con tanta tenacidad como inteligencia publica en el Diario de la Marina de La Habana el señor Gustavo E. Urrutia, con el título de Ideales de una raza, por ser aquellos trabajos representativos de puntos de mira muy generalizados y controvertidos acerca del valor de lo folklórico, como regresión vernácula, y de lo universal.

¿Se nos permitirá un arbitramento? Que el poeta dé expresión a su espíritu con toda libertad. Sólo en la libertad podrá dar su magnitud. ¿Qué en el alma de su pueblo halla su poesía? Venga ésta; no debe serle ingrato quien sabe oírla. ¿Qué con las más universales vibraciones humanas ritman sus ideas? Pues dígalas con igual amor. Al fin, todo es uno; y el secreto está en ser más lo que se es mejor, dándose todo y puro a la obra creadora. Fuera de esto no habrá sino artilugio, parvedad insincera, fatiga, ludimiento y pompa de academia ceremoniática y de pudibundez infecunda.

Nicolás Guillén en su escrito vivifica la palabra sonero. ¡Bien! Nuestros homenajes al joven sonero de Cuba, que reaviva en la lírica patria esa forma popular de expresión poética, que antaño, allá por los siglos XVI y XVII, ya daba de aldabonazos por los alcázares hispanos de las musas y hasta penetraba en los corrales de la farándula, consentida por los genios literarios de aquella era que llaman de oro.

Deja una respuesta