A Martí por Guillén: un testimonio de lectura

José Martí

Yo lo recuerdo todo como si fuese ayer. Tenía yo diecisiete años y eran días de escuela al campo en la comunidad serrana de Rosario Arriba, en el Segundo Frente. Allí, un amigo colocó en mis manos el libro que cambió mi vida: una edición de Antología Mayor, de Nicolás Guillén. Así, a partir de ese momento, aquellas tardes vaporosas de la Sierra le eran dadas al Poeta Nacional. Hasta que me lo permitía la luz solar o, lo que es lo mismo, hasta la hora de bañarse e ir a formar, unos minutos antes de poder pasar al comedor. Y luego ya: hasta el otro día no podía volver a leer porque la luz del campamento era, en la noche, más que exigua.

Con Guillén aprendí allí a entender la Historia. Una Historia mucho mejor y más completa que la que aprendía en las aulas. De la mano de Guillén entendí así, que fue José Martí, durante muchos años, “todos los que van desde la instalación del protectorado yanqui hasta la Revolución encabezada por Fidel”,[1] tergiversado por oportunistas y politicastros, “de tal modo que no entrara en conflicto con todo lo que fue conflictivo para él: la explotación de unos hombres por otros, la adulación del tirano, la humillación de la pobreza, la sombra de una libertad de bronce y granito, una libertad fría, bárbara, monstruosa, proyectándose sobre la indefensa libertad de nuestros pueblos americanos”.[2]

Cito del texto “Arte y Revolución en Martí”, publicado por Granma en diciembre de 1982. Guillén afirma, en ese artículo, sobre el cubano más universal: “Hoy Martí nos pertenece en su total dimensión”. Hasta hoy yo busco a ese Martí. Con Guillén, lo aprehendí en versos de su poemario Tengo (1964), un libro más parafraseado que leído en la actualidad. Allí expresaba:

¡Ah, no penséis que su voz

es un suspiro! Que tiene

manos de sombra, y que es

su mirada lenta gota

lunar temblando de frío

sobre una rosa.

                          Su voz

abre le piedra, y sus manos

parten el hierro. Sus ojos

llegan ardiendo a los bosques

nocturnos; los negros bosques.

Tocadle: veréis que os quema.

Dadle la mano: veréis

su mano abierta en que cabe

Cuba como un encendido

tomeguín de alas seguras

en la tormenta. Miradlo:

veréis que su luz os ciega.

Pero seguido en la noche:

¡oh, por qué claros caminos

su luz en la noche os lleva![3]   

Pero ya en fecha tan temprana como el año 1942, el joven Nicolás Guillén se cuestionaba:

Si Martí no hubiera muerto en Dos Ríos, hoy cumpliría ochenta y nueve años… ¿Viviría aún? ¿Quién sabe? Posiblemente no. La vida moderna, que es un torbellino de fantásticas actividades, impide cada vez más ciertas proezas de longevidad. En Martí, además, había un ritmo vital tan desmesurado, la inversión de su energía era tan caudalosa, que un derroche así hubiera impedido a su naturaleza alcanzar límites relativamente accesibles para el ciudadano corriente y moliente que vegeta casi sin vivir.

Los grandes hombres, a la verdad, debieran irse en la plenitud de sus facultades. La mente lúcida y la materia entera, para que ahorraran a sus fieles el espectáculo de ese derrumbe físico y espiritual que es la senectud.[4]

Y añadía, casi al cierre de ese artículo, el camagüeyano: “Mientras no seamos lo que Martí quiso, no podremos ser más”.[5]

Años después, cuando se completaba un siglo tras el nacimiento del Apóstol, dijo: “Nuestra responsabilidad inmediata consiste en completar su tarea inconclusa”[6] … Nicolás Guillén se afianza en este pensamiento, que reiteraría una y otra vez durante ese periodo oscuro de la Historia de Cuba, que conduce al triunfo de la Revolución. Una Revolución que él hace su Revolución. Y asume que es, también, aquella que hubiera deseado Martí. Nos lo explica al intervenir en el Fórum de Literatura Cubana (1983):

Nosotros, escritores y artistas revolucionarios, tenemos una lucha concreta e implacable que librar contra cualquier intento –así sea por los medios aparentemente más simples– de frustrar, detener o desviar nuestra Revolución.

Por otra parte, no habido poeta ni escritor de ancha voz en el mundo que no haya registrado el gemir de la miseria sin justicia y del crimen sin venganza ni castigo. Toda la obra de Martí, por ejemplo –no digamos su prosa centelleante, que es lírica también–, hállase transida de protesta y rebeldía. Ella fue en nuestra lucha –lo es todavía– un acicate hundiéndose sin piedad en el ijar de la cabalgadura. ¿Qué pueblo no podrá levantar con orgullo, ante el asombro de la audiencia, hombres poetas de esas dimensiones, múltiples por la acción y lúcidos de pensamiento? Con todo, sería erróneo concluir de aquí que los poetas no han de tener voz sino para los grandes dramas a que se enfrenta la humanidad sin que un amor sencillo, el primor de la naturaleza, la amistad pura y desinteresada, encuentren un eco de simpatía en su espíritu.[7] 

Una reflexión que, a la postre, llevaría a Nicolás Guillén a un inequívoco argumento: “Como lo estuvo un poeta llamado José Martí en su día, estamos preparados hoy nosotros para una lucha encarnizada, para la batalla final contra el imperialismo, que no tendrá cuartel”.[8]

Pienso que es esta una batalla que libramos todavía y sigue siendo, en pleno siglo veintiuno, nuestra responsabilidad inmediata. En tiempos de reafirmaciones y desvelos, continúo leyendo hasta hoy a Martí y a Guillén con fervor. El mismo con el que los hice míos en aquellas tardes de Rosario Arriba, con solo diecisiete años.


[1] Nicolás Guillén: “Arte y Revolución en Martí”, en Páginas escogidas. Selección y prólogo de Keith Ellis. Fondo Editorial Casa de las Américas, 2015, p. 354.

[2] Idem.

[3] Nicolás Guillén: “Martí”, op. cit, p. 109.

[4] Nicolás Guillén: “José Martí”, op. cit, p. 190.

[5] Ibidem, p. 192.

[6] Nicolás Guillén: “José Martí”. Palabras pronunciadas en el acto celebrado en Pekín, conmemorativo del centenario del nacimiento de José Martí, el 27 de septiembre de 1953, op. cit, p. 248.

[7] Nicolás Guillén: “El arte es un servicio humano”, op. cit, pp. 356-357.

[8] Ibidem, p. 359.

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