¿Uté ta confomme? ¡Sí, señó!

En días pasados, el colega Alberto Curbelo publicó, en el grupo Teatro del Excluido, de Facebook, un fragmento del artículo «Sones y soneros» de Nicolás Guillén, con el título «El son improvisado». Motivada por esa rememoración de la anécdota que Guillén utiliza para la defensa del son, quiero referirme a lo que la motivó, y continuar así haciendo homenaje a los noventa años de la publicación de Motivos de son.

Su aparición en la página «Ideales de una raza», del Diario de la Marina, el 20 de abril de 1930, conmocionó a la intelectualidad y a los demás lectores, que los asumieron desde distintas posiciones literarias, sociopolíticas y morales: desde el aplauso más entusiasta hasta el rechazo absoluto; este último incluso entre las sociedades negras que existían entonces, como el conocido Club Atenas de La Habana, cuyos miembros consideraban que aquellos ocho poemas denigraban a la raza negra y contradecían la política de superación por la educación que defendían esas instituciones.

Solo cuatro meses después de publicados los Motivos… Guillén dictó, para los socios de Atenas, la conferencia «Motivos literarios», donde, con sentido del humor, con respeto hacia sus oyentes, pero muy convencido de la legitimidad de esos poemas, les dice:

En los Motivos de son no pinto yo nuestros defectos, babeando de placer. No presento tampoco ciertos rasgos resaltándolos como virtudes. Me limito a fijar determinadas características […] Yo no he inventado un solo rasgo. Me he limitado a recogerlos y a expresarlos después.

[…]

Insisto en afirmar que los personajes a que me estoy refiriendo circulan a nuestro lado, intervienen en nuestra vida y hasta ¿por qué lo vamos a negar? nos contagian con su psicología exuberante. Son bellos porque son sinceros. Dicen mejor cómo es nuestro pueblo que otras muchas manifestaciones de la vida social del país…

Entre los intelectuales la polémica duró varios meses. Algunas se referían a la trascendencia o no de ese tipo de poemas, que varios veían solo como «letras de sones». Una de ellas fue la iniciada por  Ramón Vasconcelos[1] quien pensaba que los Motivos… participaban de un improductivo afán de popularidad y no señalaban un camino para la alta poesía:

…Guillén, poeta de numen bien enfrenado […] no debe darle el brazo a la musa callejera, fácil, vulgar y descoyuntada […] Hay motivos para son, pero no hay motivo para tanto, ni para tan poco […] Él puede y debe ponerse en la avanzada […]; debe universalizar su verso y su idea, en vez de meterlos en el solar para que brinquen al son del bongó. Lo peor para el que empieza es enamorarse de la popularidad. El piropo pierde. No le preste atención Guillén y trabaje en firme y en serio.

La respuesta de Guillén no se hizo esperar. El 15 de junio de ese año 1930, nueve días después del de Vasconcelos, aparece en el Diario de la Marina, «Sones y soneros», donde aparece la simpática anécdota del coro «unánime y caliente». Aunque la respuesta al Club Atenas fue posterior a la dirigida a Vasconcelos, esta sirve para ambas oposiciones. Aunque la cita es un tanto extensa, creo que vale la pena releer el fragmento, teniendo en cuenta su origen. Dice Guillén sobre los ocho pequeños/grandes poemas:

Aunque a Vasconcelos le han parecido muy fáciles, a mí me costaron muchísimo trabajo, porque pretendí comunicarles una ingenuidad de técnica que nunca he tenido y una frescura de motivación que les era necesaria. A pesar del tiempo que esa tarea me ganó, ni la ingenuidad ni la frescura han sido tantas que disimulen el origen de los poemas. Y yo sí quería hacer algo verdaderamente sencillo, verdaderamente fácil, verdaderamente popular. Algo que fuera como el son de los que protestaron contra el son. ¿Usted no conoce ese cuento, Vasconcelos? ¿Sí? Y el lector también ¿no es eso? Pues de todos modos voy a referirlo.

Era un grupo de negros enemigos del son. Temían que esa música llegara a constituir una deshonra «para la raza», y decidieron celebrar una asamblea, a fin de adoptar orientaciones salvadoras frente al problema.

El día de la junta, el presidente les explicó a los reunidos cuál era el motivo de aquel acto.

—Señores —dijo con voz punteada por la emoción—, para nadie es un secreto que el son está tomando demasiado incremento entre nosotros, y aunque sé que una gran parte repudia esa manifestación de atraso, es nuestro deber interesarnos por los infelices engendrados a tal desenfreno y a tal ignominia. ¡Abajo el son, y mueran sus bailadores!

Aquella exclamación produjo el efecto deseado. Un «muera» seco, apretado, fuerte, coreó las últimas palabras del presidente, que exclamó enseguida:

—Muy bien, así me gusta. ¡Ahora mismo voy a redactar un manifiesto al país, explicándole nuestra actitud!

Sin embargo, un espíritu previsor que había entre los reunidos, entendió que era preciso comprobar por modo efectivo si todos estaban de acuerdo en que el son desapareciera, por lo que pidió, tímidamente, que se efectuara una votación nominal. Accedió la junta, y el presidente llevó a cabo el escrutinio. A cada uno le fue preguntando si deseaba la supresión del baile maldito:

—¿Usted está conforme?

—Sí, señor.

—¿Usted está conforme?

—Sí, señor.

—¿Usted está conforme?

—Sí, señor.

Así fue desenvolviéndose la votación, pero cuando la cosa llegó al último negro, los demás habían «levantado» un son formidable, en coro unánime y caliente:

«¿Uté ta confomme?

Sí, señó.

¿Uté ta confomme?

Sí, señó.

¿Uté ta confomme?

Sí, señó…

¡Afortunadamente, aquellos desdichados no habían podido desmentirse!

El son ha sobrevivido —el musical y el poético— gracias a grandes músicos populares —como los centenarios septetos Nacional y Habanero—, que mantuvieron la tradición, y a los que renovándolo constantemente sin afectar su esencia lo han traído hasta nosotros; pero también a un poeta, que con veintiocho años inició el camino poético de ese ritmo, y lo convirtió en el núcleo de su extraordinaria obra. ¿Uté ta confomme, Nicolás Guillén?


[1] El 6 de junio de 1930, Vasconcelos publicó en el periódico El País, el artículo «Motivos de son» que provocó una polémica con Fernando Ortiz, quien publica en Archivo del Folklore Cubano (La Habana, v. V, n. 3, jul-sept., 1930) el artículo «Motivos de son por Nicolás Guillén» en el que recoge la casi totalidad del de Vasconcelos y largos fragmentos de la réplica de Guillén expresada en «Sones y soneros», que puede verse completo en Prosa de prisa, t.1, La Habana, Ediciones UNIÓN, 2002, pp. 20-22. Véase «El debate sobre Motivos de son, según Fernando Ortiz», en Varios, Motivaciones. Lecturas sobre Motivos de son, La Habana, Editorial José Martí, 2008, pp. 25-43. El de Vasconcelos aparece en Recopilación de textos sobre Nicolás Guillén  Serie Valoración múltiple, Casa de las Américas, 1974, pp.243-46.

Deja una respuesta