El general Antonio

El hombre que habría de quedar en nuestra historia como una figura de difícil parangón con ninguna otra, tiene muy humildes la cuna y la huesa: nacido en una pequeña localidad del término municipal de San Luis, en la provincia de Oriente, es también en un pequeño sitio y en una pequeña acción de guerra, la escaramuza de San Pedro, donde pasa del campo de batalla al cielo de la gloria, de la vida perecedera a la inmortalidad.
Todo lo que hay entre esas dos fechas es obra suya. Aunque libre y de familia cuyo estado distaba mucho de ser miserable, Maceo no trae –¡qué iba a traer!– pergaminos de nobleza. Su padre, Marcos, era un mulato natural de Vela de Coro, en Venezuela, de donde muy joven llegó a Cuba, tal vez en el primer tercio del siglo pasado. Aquí dedicose al comercio. Hombre de buenas costumbres, morigerado, serio, enérgico, casó –como Mahoma– con una viuda, Mariana Grajales Coello, y de ese ayuntamiento vinieron siete varones y dos hembras. Uno de ellos, el Titán.

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El 12 de octubre de 1868, dos días después de haberse levantado en armas Carlos Manuel de Céspedes contra el gobierno metropolitano, Maceo ingresa en el Ejército Libertador, a las órdenes de Donato Mármol. Sin embargo, no ha participado en las conspiraciones que, adelantándolo, determinaron el golpe del 10. Ello se explica porque este fue obra de la gran burguesía cubana incipiente; de un puñado de figuras progresistas, instruidas en las ideas liberales de la Revolución Francesa y cuyos maestros, por tanto, se hallaban entre los filósofos de la Enciclopedia.

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¿Quién era Maceo? Un trabajador oscuro; dos veces oscuro: por su piel y por sus orígenes. Un mulato sin bienes de fortuna, que vivía en un mundo aparte. Odiaba el nombre de O’Donnell, cuyas crueldades con los negros le eran conocidas y bajo cuyo sangriento signo le tocó venir al mundo; odiaba la injusticia social, que mantenía desniveles monstruosos en la distribución económica; odiaba la esclavitud de su gente y de su patria; y aunque no fue hombre cultivado metódicamente por el estudio en liceos y universidades, distó mucho de ser un ignorante. En este punto y sobre todo en el arte de la guerra no hay exageración en llamarlo genio, a lo que debe añadirse un valor sin desmayo, una salud de granito, una irrefrenable voluntad de enfrentarse y vencer a los verdugos de la tierra en que había nacido. Físicamente era un tipo de grande hermosura varonil: alto, fuerte, bien plantado. Uno de sus biógrafos, el que más hondo ha penetrado en su vida y en su espíritu, el señor Griñán Peralta, cita una carta de Julián del Casal, el atormentado poeta modernista cubano, en la que hay las siguientes palabras sobre el héroe, escritas cuando este visitó La Habana en 1890: «Solo he encontrado en estos días una persona que me ha sido simpática. ¿Quién se figura usted que sea? Maceo, que es un hombre bello, de complexión robusta, inteligencia clarísima y voluntad de hierro. Pocos hombres me han hecho tan grata impresión como él…».

Nicolás Guillén

Prosa de prisa, La Habana, Ediciones UNIÓN, 2002, t. II, pp. 136-142

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