El universo de West Indies Ltd.

Por: Guillermo Rodríguez Rivera

Nicolás Guillén (1902-1989)

De la misma manera que advertíamos una suerte de eslabón que unía los Motivos de son a Sóngoro cosongo, cabría señalar un enlace entre este último poemario y el siguiente, que ya demora tres años en aparecer. Para empezar, cabría señalar el trabajo con esa composición que la retórica clásica había llamado madrigal.

En Sóngoro cosongo, Guillén había polemizado tácitamente con los famosos madrigales de Gutierre de Cetina y de Luis Gonzaga Urbina. La retórica definía al madrigal como un tipo de composición poética que expresa un sentimiento delicado, y ese es el carácter que le imprimen estos dos poetas a sus composiciones.

Pero en West Indies Ltd., Guillén subvierte explícitamente esa “delicadeza” que la tradición atribuía al madrigal. De la belleza que convocaba al espíritu, Guillén transita a la que convoca al sexo:

Sencilla y vertical

como una caña en el cañaveral.

Oh retadora del furor

genital:

tu andar fabrica para el espasmo gritador

espuma equina entre tus muslos de metal.

El ámbito de las Antillas, del Caribe, del trópico, está reclamando una dimensión telúrica del madrigal.

El título West Indies Ltd. es la irónica parodia del nombre de alguna transnacional, aplicada a una zona del mundo hondamente marcada por los colonialismos y la expansión financiera de las grandes potencias capitalistas, especialmente de los Estados Unidos, que vio en los territorios caribeños un ámbito de propicia y fácil expansión.

El Caribe, con su despliegue de islas de todos los tamaños, conoció  inicialmente la presencia de la dominación española, desde el primero de los viajes del almirante Cristóbal Colón. Las Lucayas o Bahamas, La Española, Cuba, Jamaica, Puerto Rico, fueron territorios colonizados por España. Algunos, como las Bahamas, tuvieron muy poco asentamiento de colonos españoles y rápidamente fueron dominados por Gran Bretaña, como ocurrió más tarde con Jamaica.

Tras la guerra con España en 1898, los Estados Unidos se apoderaron del territorio de Puerto Rico, que más tarde pasaría a ser un “estado libre y asociado” de la Unión norteamericana. Cuba, cuya independencia había sido el motivo esgrimido para la guerra, pasó a ser una suerte de protectorado de los Estados Unidos que, a través de la imposición de la Enmienda Platt, como requisito para permitir la independencia cubana, se reservaba el derecho a intervenir militarmente en ella cuando lo estimara necesario, además de recibir territorios para el establecimiento de bases militares. Cuba no podía suscribir un tratado con otro país o recibir un empréstito sin la aprobación de los Estados Unidos.

El Caribe, después de México (que había sido su principal escenario del siglo XIX) es el fundamental espacio de expansión del ahora imperialismo norteamericano. En el siglo XX, el Caribe pasa a ser lo que había sido México en el siglo XIX: la zona por la que van a seguir extendiéndose los Estados Unidos.[1]

La expansión decimonónica había sido una expansión anexionista. Los Estados Unidos se anexan alrededor de la mitad del territorio mexicano. Pero a fines del siglo XIX y principios del XX, la dominación va a realizarse a partir de la exportación del capital financiero.

Tras la derrota militar española en 1898, los Estados Unidos se disponen a conseguir la autorización para construir un canal interoceánico entre el Atlántico y el Pacífico. Desechado en un tiempo el impulsado proyecto de la construcción del canal en Nicaragua, el interés se centra en la provincia colombiana de Panamá. Tras fallidas negociaciones con el gobierno de Colombia, estalla una inesperada insurrección en la provincia panameña, que proclama su independencia en 1903. Los Estados Unidos son el primer país en reconocer la independencia del territorio, y en correspondencia, obtienen de inmediato el derecho para efectuar las obras del canal que, con arreglo a los nuevos acuerdos, quedaba a perpetuidad bajo su control y soberanía.

Esta zona estratégica donde va a construirse el canal interoceánico es, tal vez, la última anexión yanqui en la zona.[2] En lo sucesivo, las grandes transnacionales norteamericanas serán el críptico modo de colonización que desarrolla la potencia del norte para, a partir del dominio económico, generar también el dominio político de esta zona del mundo. Países como Cuba, Haití, República Dominicana, son numerosas veces “intervenidos” por las tropas estadounidenses, que siempre dejan en ellas corruptos regímenes militares que desaparecerán cualquier vestigio de democracia y que son fieles servidores de los intereses económicos y políticos de los Estados Unidos.

West Indies Ltd. es el primer poemario manifiestamente social de Guillén. Aparece en medio del momento en que ha sido derrocada en Cuba la tiranía de Gerardo Machado. La intensa agitación popular que la lucha antimachadista desencadena, se convierte en otro nutriente del fermento de un elemental antimperialismo que late en Cuba desde la imposición del apéndice constitucional que coarta la independencia cubana. Ese antimperialismo va expresándose en varios pensadores de nuestro siglo XX.

Primera publicación de West Indies Ltd.

Esa conciencia crítica de la situación de la recién nacida república de Cuba, es desarrollada por varios hombres de la intelectualidad de la Primera Generación de la República, y calará hondamente en los hombres más radicales de la generación que les sigue.

Libros como Azúcar y población en las Antillas, de Ramiro Guerra; Manual del perfecto fulanista, de José Antonio Ramos; ensayos como “La decadencia cubana”, de Fernando Ortiz, generan una clara percepción crítica de la situación cubana, que va a prender decisivamente en los jóvenes de la generación siguiente: Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena, Antonio Guiteras Holmes, Pablo de la Torriente Brau, por solo señalar figuras políticas muy destacadas, que radicalizan y llevan al ámbito de la acción política, las valoraciones críticas de la generación precedente.

Nicolás Guillén no pasará a formar parte del Partido Comunista hasta 1937, el mismo año de su viaje a la España republicana en guerra. Sin embargo, desde este libro de 1934 se advierte una perspectiva ideológica marxista en el poeta.

Cabría decir que el universo de West Indies Ltd. es el de una poesía que ha experimentado una intensa radicalización. En 1927, el poeta Regino Pedroso ha editado en las páginas del suplemento cultural del Diario de la Marina, su poema “Salutación fraterna al taller mecánico” que, colocado de algún modo bajo la referencia del futurismo, se ha considerado el inicio de una nueva poesía de temática social en Cuba, de alguna manera heredera de lo que se llamó la “poesía civil” del siglo XIX, centrada en los ideales independentistas.

Hay que decir que el diario mantuvo siempre una posición abiertamente reaccionaria, aunque su dirección, en esos años, coloca al frente del suplemento a un intelectual de filiación izquierdista —y, sobre todo, vanguardista— como es José Antonio Fernández de Castro, quien integra el Grupo Minorista, entonces la visible izquierda de la intelectualidad cubana.

Son momentos en que las muy lejanas ideas de izquierda radical se aceptan como graciosas novedades. El luego conservador Jorge Luis Borges escribe un “Canto maximalista” (el lexema es una traducción de bolchevique) que no reeditará nunca. Un pie de foto de la revista Social, presenta a Luis A. Baralt como “clubman y bolchevique”,[3] en un claro oxímoron ideológico.

Previamente, Pedroso (1896-1983), de origen obrero, había editado sus poemas de La ruta de Bagdad, escritos bajo el signo del modernismo esteticista.

La poesía social ha florecido allí donde se ha tornado una exigencia de las circunstancias. La del siglo XIX, vinculada a las luchas independentistas que se vuelven centrales en la vida del país, fue llamada poesía “civil”, seguramente aludiendo al compromiso cívico que contraían sus poetas. Nuestra poesía social del siglo XX asume las luchas que se hacen centrales en nuestra vida republicana, aquellas que se centran en las carencias que marcaron a la república de 1902.

La primera es la subordinación de la soberanía cubana al poder de los Estados Unidos que comienza desde el mismo momento de la intervención norteamericana en nuestra guerra de independencia. Ese rechazo a la injerencia norteamericana, por ejemplo, en el texto de “Mi bandera”, de Bonifacio Byrne, no podría llamarse aún un rechazo antimperialista, pero va a ser síntoma de un nacionalismo liberador discrepante de los caminos por los que enrumbaba la República.

La poesía que va a afirmarse en los poemas de Regino Pedroso a partir de su “Salutación fraterna…”, tienen una marcada perspectiva clasista, una perspectiva marxista o una visible inclinación a ella, porque el dominio norteamericano persistirá aunque los Estados Unidos no ocupen físicamente el territorio cubano, como ocurre en el preámbulo a la República y en sus primeros años. Progresivamente se advierte que ese dominio no tiene que apoyarse —para existir— en la presencia de las tropas yanquis en tierra cubana. Está en la posesión de las principales riquezas cubanas, en el control de su desenvolvimiento, posesión que se convierte en dominio político. Ese dominio va unido al empobrecimiento y a la explotación de los sectores más humildes del pueblo cubano. Es entonces que la poesía social cubana encuentra la perspectiva clasista y antimperialista.

Cuando Pedroso edita su primer poemario social, todavía puede referirse a ese nosotros que va a titular su libro: es 1933, el año de la caída del régimen machadista y todavía la revolución popular que allí se engendra no se ha salido de su cauce.

A pocos días del derrumbe del régimen, el 4 de septiembre, toma el poder un movimiento cívico-militar en el que están implicados varios opositores al gobierno de Gerardo Machado. Después de la volátil Pentarquía, se establece un gobierno presidido por el doctor Ramón Grau San Martín, eminente profesor de Fisiología en la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana. Como ministro de gobernación es designado el líder radical Antonio Guiteras. Ante la ausencia de su legítimo líder, Pablo Rodríguez Silverio, el liderazgo del grupo de sargentos implicados en la dirección del movimiento, es asumido por el sargento taquígrafo Fulgencio Batista, quien rápidamente es ascendido a coronel y nombrado jefe del ejército.

A los Estados Unidos les interesa sobremanera el control sobre el complejo y un tanto desunido movimiento revolucionario. El flamante coronel Batista se convertirá en el eficiente instrumento norteamericano. En febrero de 1934, con el apoyo del embajador Jefferson Caffery, Batista encabeza el golpe militar que derroca al gobierno de Grau San Martín, nunca reconocido por los Estados Unidos. En mayo del año siguiente, valiéndose de una delación, los soldados que comanda Batista cercan y asesinan a Antonio Guiteras en el Morrillo. Con él desaparece la única fuerza capaz de mantener el impulso revolucionario de los años 30 cubanos.

De Nosotros, el libro de Regino Pedroso, de 1933, a West Indies Ltd., de Guillén, del año siguiente, se siente un apreciable cambio de tono. El de Pedroso es todavía el espíritu de una esperanza que no ha claudicado. Tampoco claudica la esperanza en el poemario de Guillén, pero la transformación del mundo que allí se presenta no parece ya algo inmediatamente alcanzable. No lo es.

Hemos hecho referencia al poemario de Guillén como el que constituye, junto a Nosotros, una piedra miliar de la poesía social cubana del siglo XX. Resulta interesante dilucidar cuál es la socialización del poema que West Indies Ltd. desencadena, porque yo creo que las resonancias del libro discurren en un doble sentido. Por una parte avanza hacia una perspectiva marxista y clasista en la poesía; por la otra, desemboca también en un enfoque étnico, existencial y tercermundista, que va a generar textos como el Cuaderno de un regreso al país natal (1943), del poeta negro martiniqués Aimé Césaire, o un poemario adelantado en el tratamiento conversacional e incluso antipoético del texto lírico, como es La isla en peso (1944), de Virgilio Piñera.

El texto que da título al poemario, es uno de esos largos poemas que van jalonando la historia de la poesía cubana del siglo XX. El extenso poema va desarrollando una dualidad que ha sido propia de la poesía de Nicolás Guillén: el manejo de los metros característicos de la lírica popular y su mezcla con un amplio versículo al que Guillén no ha renunciado nunca, como tampoco lo hicieron García Lorca ni Rafael Alberti.

Si habría de considerarse un antecedente de este poema, no se me ocurre otro que no sea La zafra, que en 1926 publica Agustín Acosta. Tiene razón la profesora e investigadora Ana Cairo cuando afirmaba que únicamente este poemario de Guillén consigue superar el impacto que producen “Las carretas en la noche”, del libro de Acosta.[4]

Es significativo que West Indies Ltd. no solo frecuente temáticamente referencias sociales que inevitablemente tiene que abordar el poema de Acosta, sino que coincida en la mezcla de diversas formas métricas y estróficas. Es interesante apreciar y valorar esa sumatoria de estructuras verbales que va adensándose de La zafra a West Indies Ltd,  y de este libro de Guillén a su “Elegía a Jesús Menéndez”. Podremos hacerlo en páginas siguientes.

Me parece que la perspectiva ideológica de Nosotros es más ortodoxamente clasista que la que Guillén despliega en su libro del año siguiente.

Me parece importante advertir cómo en la América Latina y, especialmente en Cuba, se desarrolla una idea del explotado que no está estrictamente ceñida a la clase obrera o a lo que el leninismo llama la “alianza obrero-campesina”.

Desde la guerra de 1895 y la aparición de líderes como José Martí y Antonio Maceo, que han desplazado, como figuras hegemónicas en la dirección del proceso independentista, a lo mejor de un patriciado (en su mayoría oriental y camagüeyano) que se ha arruinado económicamente en la Guerra de los Diez Años.

José Martí —en esa mezcla de autobiografía, penetrante poesía y manifiesto filosófico que son sus Versos sencillos (1891)—, si bien se apoya decisivamente en los emigrados tabaqueros cubanos de Tampa, no habla explícitamente de la “clase obrera”, al modo de los marxistas. Lo proclama en una cuarteta de su último poemario:

Con los pobres de la tierra

quiero yo mi suerte echar:

el arroyo de la sierra

me complace más que el mar.

Martí pasa sus años de madurez en los Estados Unidos, específicamente en Nueva York. Llega a la gran ciudad como el emigrado de un país colonizado y oprimido. Martí, que vive esencialmente de escribir, llena páginas y páginas de artículos que aparecen en varios grandes periódicos hispanoamericanos de esos años: La Nación, de Buenos Aires; La Opinión Nacional, de Caracas; El Partido Liberal, de México.

Entre esos artículos tienen un muy notable protagonismo los que él llama “Escenas norteamericanas”. Las más despiertas sensibilidades de la época —estoy pensando ahora en Rubén Darío y en la semblanza de Martí que escribe a raíz de su muerte, publicada en La Nación, y que incluirá luego en su libro Los raros, de 1896— no dejan de advertir la importancia de la visión martiana de los Estados Unidos.

Martí despliega inicialmente una clara, desbordada admiración por los Estados Unidos y por algunas de sus personalidades más relevantes: de Emerson a Walt Whitman, de Wendell Phillips al padre McGlynn. Pero, hacia fines de la penúltima década del siglo XIX, el cubano está advirtiendo cómo se van transformando, en el ámbito social y político, los Estados Unidos, cuya libertad lo deslumbró a su llegada.

En las crónicas que escribe bajo el título de “La guerra social en Chicago”, y que describe el proceso y ejecución de los anarquistas en 1888, el juicio de Martí sobre la gran república del norte se ha transformado esencialmente. Escribe:        “Esta república, por el culto desmedido a la riqueza, ha  caído, sin ninguna de las trabas de la tradición, en la desigualdad, injusticia y violencia de los países monárquicos”.[5]

No será un modelo trazado a partir de la fórmula estadounidense el que quiera Martí para Cuba ni para el resto de las que llamará “nuestras tierras de América”.  Quizá porque la existencia de la clase obrera es incipiente en Cuba, Martí no habla de obreros ni de trabajadores sino, más abarcadoramente, de los “pobres de la tierra”.

Cuando unos pocos años después estalle la Revolución mexicana, su narrador por excelencia publica una novela que quiere expresar, si no el vuelco del poder que está teniendo lugar en ese país, al menos el reclamo de aquellos con los que en adelante hay que contar: Mariano Azuela, quien se había integrado como médico a las tropas de Pancho Villa, titula esa obra Los de abajo (1916).

El carpintero marsellés que compone “La Internacional”, que será el himno de los obreros comunistas, tampoco llamó así a esa masa: los llamó “los condenados de la tierra”, el término que usó después el escritor marxista martiniqués Frantz Fanon para referirse a la población de los países subdesarrollados, de eso que él es uno de los que lo denomina “tercer mundo”, los que se llamarían también —atendiendo a otras razones— “países no alineados”, que escapaban a la pertenencia a los dos grandes bloques militares surgidos después de la Segunda Guerra Mundial: la OTAN y el Pacto de Varsovia.

La poesía de Nosotros, que Regino Pedroso ha editado en 1933, aunque su autor no es un militante del Partido Comunista, acaso encaje más exactamente dentro de la perspectiva obrera marxista que el libro de Nicolás Guillén publicado en 1934, a pesar de que distan solo tres años para que el autor de West Indies Ltd. pase a militar en las filas del partido marxista-leninista cubano.

Los escenarios de la historia que cuenta la poesía de Pedroso son el taller mecánico, la fragua que inexorablemente identifican a sus protagonistas como hombres de la clase obrera. Los protagonistas de West Indies Ltd. son, más amplia y desorganizadamente, esos “pobres de la tierra”, esos hombres “de abajo”, esos “condenados de la tierra” que cantó “La Internacional”, y que asume asimismo el marxista negro caribeño que es Fanon, incorporándole un ineludible carácter étnico y tercermundista. Guillén organiza una amplia, diversa, imagen de ellos:

Esos, los iluminados,

los parias desconocidos,

los humillados,

los olvidados,

los preteridos,

los olvidados,

los descosidos,

los amarrados,

los ateridos

Esta copiosa enumeración, esta larga serie de adjetivos que quieren definir a estos seres humanos, no aluden exactamente a la clase obrera: la incluye, pero va más allá, va a hurgar entre los que sufren, entre los pobres de la tierra, entre los de abajo, entre los condenados de la tierra. ¿Está aquí la clase obrera? Seguramente, qué duda cabe. Pero no está únicamente ella, porque este hablante del poemario guilleniano tiene que confesar:

       —Me matan, si no trabajo                    

       y si trabajo, me matan;

       siempre me matan, me matan,

      ¡siempre me matan!

Hombre de Cuba, del Caribe, del mundo subdesarrollado va a buscar al sufriente protagonista de este mundo injusto y escindido, en un sitio que va más allá de la clase obrera, la explotada por excelencia, porque el hablante del poema entiende que se le depara muerte por igual cuando trabaja o cuando no trabaja. Porque en estas islas sin desarrollo, hay que acabar de crear incluso la propia clase obrera.

En el tono narrativo —épico, diegético— del poema, hay un visible componente humorístico mezclado al dominante costado trágico que se revela en este mundo que no es dueño de sí, y donde mucho menos lo son sus seres humanos. Ese tratamiento que se desvincula de la pertenencia a la clase obrera es la que se aplica en el poemario al mendigo “Sabás”.

Sabás es, en el texto del poema “loco”, “bruto” y “bueno”. Es el hombre que se somete —es “el negro sin veneno”—, que mendiga “para su muerta”. Los detalles completos que constituyen al personaje parecen no interesarle al hablante de este poema de tono admonitorio. Ese hablante quiere modificar la “cordura de loco”, del hombre que debe afirmar “el paso irresoluto” y “aflojar más el freno”.

El libro está apareciendo precisamente el año en que se ha iniciado el proceso que liquida la comenzante revolución que aflora con la caída del régimen de Gerardo Machado y, sobre todo, con el movimiento del 4 de setiembre que desemboca en el llamado “gobierno de los 100 días”, con Grau San Martín como presidente y Antonio Guiteras como ministro de Gobernación.

Como lo hay en “Sabás”, en el central poema que da título al libro, el hablante poemático emplea una ironía crítica para presentarnos el sufrimiento que “los de abajo” sufren sin rebelarse.

       ¡West Indies! Nueces de coco, tabaco y aguardiente…        

       Este es un oscuro pueblo sonriente,      

       conservador y liberal,

       ganadero y azucarero,

       donde a veces corre mucho dinero,

       pero donde siempre se vive muy mal.*

Este asterisco hace un llamado a una insólita nota al pie del texto central de un poema, en la que leemos:

      Cierto que este es un pueblo manso todavía…

      No obstante, cualquier día,

      alza de golpe la cerviz,      

      rompe por dondequiera con sus calludas manos

      y hace como esos árboles urbanos

     que arrancan toda una acera

     con una sola raíz.

La maldición de estos pueblos antillanos, viene desde sus mismos orígenes:

    Bajo el relampagueante traje de dril,

    andamos todavía con taparrabos;

    gente sencilla y tierna, descendiente de esclavos

    y de aquella chusma incivil

    que en el nombre de España   

    cedió Colón a Indias con ademán gentil.

El texto del poema quiere actuar como una suerte de revulsivo. Está enfrentando al antillano con sus orígenes, sus carencias, sus sufrimientos, sus cobardías, sus limitaciones para hacer frente a su destino. Quiere hacerlo avergonzarse del mundo en el que vive y del mundo que ofrece a los ricos turistas occidentales que vienen a solazarse en esa permisividad.

Y por supuesto que el desprecio del hablante llega hasta los que parecen ejercer el poder en este mundo, parapetados detrás de títulos y genealogías.      

   Me río de ti, noble de las Antillas,    

   mono que andas saltando de mata en mata        

   payaso que sudas por no meter la pata

   y siempre la metes hasta las rodillas.           

   Me río de ti, blanco de verdes venas,       

  —¡bien se te ven, aunque ocultarlas procuras!—,         

   de ingenios florecientes y arcas llenas.       

  ¡Me río de ti, negro imitamicos      

  que abres los ojos ante el auto de los ricos,      

  y que te avergüenzas de mirarte el pellejo oscuro,       

  cuando tienes el puño tan duro.        

  Me río de todos: del policía y el borracho,

  del padre y de su muchacho

  del presidente y del bombero.

  Me río de todos, me río del mundo entero.

  Del mundo entero que se emociona frente a cuatro peludos,

 erguidos y muy orondos detrás de sus chillones escudos,

 como cuatro salvajes al pie de un cocotero.

Quizá en este rechazo global, indiferenciado, en esa ira, esté el punto de encuentro de Guillén con la perspectiva existencial que de algún modo rezuma el Cahier… que menos de una década después hará circular el martiniqués Césaire. Este hablante de West Indies Ltd. es casi un hermano mestizo del étranger que encuentra Albert Camus en una novela coetánea al poemario de Césaire o a La isla en peso, del cubano Virgilio Piñera. Dejo una pregunta sin respuesta: ¿será pura coincidencia el que Camus sea también un hombre nacido en el tercer mundo, en la periferia europea?

Hay una burla esencial, una mueca: la del hombre que no cree en la superioridad de los que rigen esa tierra neocolonizada. El hablante los ve como a los títeres de un gran guignol. El tono dramático debe cesar: tan solo va a escucharse la burla del son que toca la charanga de Juan el Barbero:

       —Coroneles de terracota,

         políticos de quita y pon;

         café con pan y mantequilla…

         ¡Qué siga el son!

         La burocracia está de acuerdo

         en ofrendarse a la Nación;

         doscientos dólares mensuales…

         ¡Qué siga el son!

         El yanqui nos dará dinero

         para arreglar la situación;

         la Patria está por sobre todo…

         ¡Qué siga el son!

         Los viejos líderes sonríen

         Y hablan después desde un balcón.

        ¡La zafra! ¡La zafra! ¡La zafra!

        ¡Que siga el son!

La burla es apenas de cinco minutos, porque al margen de la escena de farsa, prosigue el hambre, la tragedia de las Antillas, el “dolor de las ingenuas Indias Occidentales”.

West Indies Ltd. es, de otro lado, un libro violento, porque esa tragedia que es el entorno de las Antillas, está incubando la violencia:

        De entre la oscura

        masa de pordioseros que trabajan,

        surge una voz que canta,

        brota una voz que canta,

        sale una voz llena de rabia,

        se alza una voz antigua y de hoy,

        moderna y bárbara:

        —Cortar cabezas como cañas,

        ¡chas, chas, chas!

        Arder las cañas y cabezas,

        subir el humo hasta las nubes,

        ¡cuándo será, cuándo será!

        Está mi mocha con su filo,

        ¡chas, chas, chas!

        Está mi mano con su mocha,

        ¡chas, chas, chas!        

        Y el mayoral está conmigo,

        ¡chas, chas, chas!

        Cortar cabezas como cañas,

        arder las cañas y cabezas,

        subir el humo hasta las nubes,

        ¡Cuándo será!

La visión de ese futuro de venganza que es también de justicia (y viceversa), puede resultar también la recuperación del pasado antillano: el de la revolución haitiana. Unos años después, la visita de Nicolás Guillén a Haití y su amistad con Jacques Roumain, serán hechos trascendentes en la vida del poeta.

Los mitos populares que la poesía de Guillén había perseguido especialmente en Sóngoro cosongo, se adensan de manera especial en este nuevo libro. Las “Maracas”, protagonistas esenciales del son, se separan en dos especies irreconciliables: la maraca equilibrista, “güiro adulón del dólar del turista” y la maraca artista, a la que le basta “que un negro pobre la sacuda en el fondo del sexteto”.

Aparecen aquí los mitos más hondos, los que están enraizados en África, aunque ya no son del continente enorme sino del Caribe que es, en parte, algo de su prolongación. El hermoso “Canto para matar una culebra” en el que se me ocurre encontrar al Guillén niño, al poeta que amaba la sonoridad de la palabra, pero que la obligaba a decir cosas como las de este poema, que reverencian un ritual cuyo momento más hondo hay que ir a buscar en las márgenes del Congo. El gran músico mexicano Silvestre Revueltas no pudo resistirse a la rítmica, al fraseo de estas palabras donde priman las bilabiales y las devolvió a la música que desde siempre las reclamaba. Aquí está el que algunos folkloristas entienden como “el más recio, constante y completo de los mitos cubanos”,[6] que Guillén presenta en su “Balada del güije”.

Guillén está asediando, por todas partes, la identidad de Cuba y del Caribe, acaso porque sabe que vivimos y aceptamos apenas un simulacro de esa identidad. En Sóngoro cosongo —claro que más intensamente y con mucha mejor definición que en los Motivos de son—, está recurriendo al hallazgo, casi a la persecución de esa identidad, insistiendo en una anagnórisis que enfrenta muchos reconocimientos.

El marxista que es ya el poeta de West Indies Ltd. despliega una clara perspectiva antimperialista. Sobre esas islas negras y mestizas, los de abajo están sometidos permanentemente a la explotación, a la miseria. Lo dice quedamente el texto del poema “Guadalupe W.I.”, voluntariamente contenido. Quien debe estallar es su lector:

             Los negros, trabajando

              junto al vapor. Los árabes, vendiendo.

              los franceses paseando y descansando,

              y el sol, ardiendo

Con esa misma mansedumbre de testimonio que pretende (¿simula?) ser neutral, casi con aires de fotografía o de noticiero cinematográfico, concluye el extenso y muchas veces violento poema que es“West Indies Ltd.”:

     Un altísimo fuego raja con sus cuchillas

     la noche. Las palmas, inocentes

     de todo, charlan con voces amarillas

     de collares, de sedas, de pendientes.

     Un negro tuesta su café en cuclillas.

     Se incendia un barracón.

     Resoplan vientos independientes.

     Pasa un crucero de la Unión

     Americana. Después, otro crucero,

     y el agua ingenua ensucian con ambiciosas quillas,

     nietas de las del viejo Drake, el filibustero.

Lo que queda al final para estas tierras (que son las mismas que cantaba Rubén Darío en “Los cisnes”), es la esperanza de un mundo mejor, pero que ya no espera que se abra “la caja de Pandora”, sino que sabe que la esperanza está en su puño:

       Lentamente, de piedra, va una mano

       cerrándose en un puño vengativo.

       Un claro, un claro y vivo

       son de esperanza estalla en tierra y océano.

       El sol habla de bosques con las verdes semillas…

       West Indies, en inglés. En castellano,

       las Antillas.

Pero la persecución de esa imprescindible identidad, no queda únicamente en la esencial liberación que implica y explícitamente demanda el poema central. Está decisivamente en el hecho de saber quiénes somos. Está en el poema “El abuelo”, el ancestro negro, escondido en la sangre de la aristócrata señora rubia.[7]

Pero Guillén, quien no gratuitamente ha escrito un artículo como “El camino de Harlem”, que la propia página “Ideales de una raza” ha publicado casi exactamente un año antes de la edición de los Motivos de son, no es ni puede ser un partidario de la segregación racial al estilo norteamericano.

Desde entonces Guillén, quien fuera desde su temprana juventud y en su Camagüey natal, un activista contra la discriminación racial, sigue el camino indicado por José Martí en lo tocante al tema racial. Quiere una Cuba integrada y que necesariamente reconozca los dos grupos étnicos, las dos culturas que la constituyen en lo esencial.

Por ello, no es contradictoria aquí la coexistencia del soneto “El abuelo” y de la “Balada de los dos abuelos”. En su obra y en su accionar, Nicolás Guillén pone tanto énfasis en la reivindicación de lo español como de lo africano. Si se siente más el último factor, es porque era el factor discriminado en la consideración de la cultura cubana y, por ello, el que había que defender con más fuerza.

Creo que ya en 1934, cuando se edita West Indies Ltd. están perfectamente formadas las personalidades ideológica y poética de Nicolás Guillén, que en él resultarán irreprochablemente coherentes.

La “Balada de los dos abuelos” no pretende una explicación histórica del conflicto y del drama de las dos razas. Esa reivindicación aparecerá en un poema como “El apellido”, donde emerge orgullosa la perspectiva del hombre de color:

              Yo soy también el nieto,

               biznieto,

               tataranieto de un esclavo.

               (Que se avergüence el amo).

Hay cuatro factores que condicionan la perspectiva de Guillén: raza, nacionalidad, clase e ideología. Puede enfatizarse uno u otro en un texto determinado, porque cada uno tiene su valor. En la “Balada de los dos abuelos”, la lejanía de los personajes y del conflicto que los hizo enemigos, víctima y victimario, permite verlo de otra manera.

Repárese en que el poeta no da al texto el vibrante designio de canto o himno, ni tampoco el de elegía, tan frecuente y tan libremente usado por él, ni siquiera el más cotidiano de canción. Guillén, hombre atento a las precisiones de la retórica —muchas veces para violentarlas— escoge el término balada, que se describe como “composición lírica que refiere, sencilla y melancólicamente, asuntos legendarios y tradicionales”.

Eran, en su momento, Don Federico y Taita Facundo. La subordinación del esclavo negro al amo blanco no se ignora, pero ahora hay otra percepción, otra voluntad en su nieto, su heredero. Ahora los títulos han desaparecido, porque lo importante, lo que se legitima en el poema, como afirma Denia García Ronda, es “la igualdad del aporte al perfil nacional, y el derecho igual al reconocimiento”[8]. Al final del poema son, simplemente, Facundo y Federico. Hay algo que surgió de ambos que ya está por encima de lo que ambos fueron. “Los dos del mismo tamaño”, afirma el texto de Guillén.

En el propio poemario, un texto como “Dos niños”, enfatiza la perspectiva clasista que Guillén ve imponerse a la circunstancia del color de la piel:

      Dos niños, ramas de un mismo árbol de miseria,

      juntos en un portal bajo la noche calurosa,

      dos niños pordioseros llenos de pústulas,

      comen de un mismo plato como perros hambrientos

      la comida lanzada por la pleamar de los manteles.

      Dos niños: uno negro, otro blanco.

En la “Balada…” el fenómeno “nación” ha devaluado las jerarquías que tuvieron las razas e incluso las clases. Pero esa es la que podríamos llamar una lectura histórica, en busca de una entidad mayor que pueda abarcar las que fueron raigales diferencias de raza, de clase, de nación, de ideología. En “Dos niños” se está confrontando la actualidad, el vivo sufrimiento, la injusticia que alcanza a blancos y negros pobres, y que tiene que ser enfrentada.

La dialéctica concurrencia de esos factores motiva los diversos enfoques que el poeta concilia en una perspectiva que necesariamente los reúne.


[1] Quien quiera abundar en el tema, puede consultar la obra clásica de Ramiro Guerra y Sánchez, La expansión territorial de los Estados Unidos a expensas de España y de los países hispanoamericanos, editada en 1935.

[2] El otorgamiento a perpetuidad fue cancelado por los acuerdos Torrijos-Carter, que stablecieron el de 1999, como el año en que el Canal debía pasar a manos panameñas, restituyendo en él la soberanía de la nación centroamericana. Ello ocurrió en efecto.

[3] A la larga, Baralt probó ser mucho más clubman que bolchevique. Abandonó el servicio exterior de la Revolución Cubana y  pidió asilo político en los Estados Unidos. Falleció en Illinois en 1969.

[4] Cairo Ballester, Ana: El Grupo Minorista y su tiempo, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1978, p. 152

[5] Martí, José: “La guerra social en Chicago”, en Letras fieras, selección y prólogo de Roberto Fernández Retamar, Editorial Letras Cubanas, La Habana, ___

[6] Manuel Rivero Glean y Gerardo Chávez Spinola: Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 2005, pp. 261-264.

[7] Es curioso que, muchas décadas después de escrito este soneto, investigaciones de genética médica, realizadas en una significativa muestra de cubanos de todas las edades, demuestre la existencia, en diversas magnitudes, de genes africanos y europeos en la sangre de todos ellos.

[8] García Ronda, Denia: “Nuestros dos abuelos: discurso del mestizaje”, en Para adelantar el día de Nicolás Guillén, cit., p.162.

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