La poesía de Nicolás Guillén en el concierto caribeño de su tiempo

La poesía de Nicolás Guillén en el concierto caribeño de su tiempo

Por: Haydée Arango

I

En Jamaica nació Claude McKay, y vivió allí durante los últimos años del siglo, junto a su madre negra y campesina. Cuando emigró a Alabama, en busca de estudios superiores y de reconocimiento social para su obra, y antes de convertirse en una de las figuras literarias más importantes de las primeras décadas del siglo xx, McKay ya había establecido una reputación como agudo observador de la vida rural jamaicana a través de sus primeros libros Song of Jamaica y Constab Ballads. Luego, de alguna forma el movimiento Back to Africa y su impacto en los Estados Unidos pudo haber estimulado, en la obra de McKay, la conformación de un espacio poético que desde fechas muy tempranas se configuraba como África, esa madre patria lejana, descrita desde la nostalgia y, a la vez, desde la idealización.

Claude McKay

En este sentido, el soneto “Outcast” es quizás uno de los más reveladores dentro de su obra, puesto que desde sus primeros cuatro versos se descubre un deseo de pertenecer espiritualmente a esas “dim regions” de donde provinieron los padres, y donde el alma quisiera entonar olvidadas canciones de la selva. Allí, en el continente africano, existe la posibilidad de regresar a la oscuridad y la paz, pero esa certeza acompaña a otra, que a la vez la anula: el mundo occidental siempre será una atadura demasiado fuerte para romper, y mantendrá al sujeto lírico esclavizado a dioses extranjeros durante toda su vida. De esa contradicción, entre el deseo y su imposibilidad de realizarse, nace el sentimiento de pérdida hacia una tierra que ni siquiera se conoce y que permanece en la imaginación poética como un espacio primitivo, mítico y pre-colonial. Y de esa pérdida nace la angustia de no ser más que un fantasma que deambula ajeno a la riqueza de la vida, y que ha extraviado también una esencia negra, enraizada irremediablemente en África. Para McKay, al contrario de lo preconizado por Marcus Garvey, África finalmente falla como nación posible porque ya es irrecuperable. Pero aunque el viaje físico es desechado, no así el retorno a través de la poesía:

Something in me is lost, forever lost,

some vital thine has gone out of my heart,

and I must walk the way of life a ghost

among the sons of earth, a thing apart.

For I was born, far from my native clime,

under the white man’s menace, out of time.[1]

Los dos últimos versos del poema resumen la tragedia del paria: al África mítica pertenece la libertad del espíritu, y a la realidad de los Estados Unidos, en cambio, pertenece el cuerpo esclavizado, alienado, convertido en un objeto sin valor. Para McKay el hombre negro vive atrapado entre dos mundos, sin que ninguno de los dos le pertenezca del todo.

Cuando escribe la mayor parte de su obra poética, entre 1912 y 1924, Claude McKay aún no había establecido contacto con aquellos intelectuales europeos que, sobre todo después de la I Guerra Mundial, comenzaron a interesarse de manera vertiginosa por el continente africano. Pero además, aunque fue el primer escritor importante del Caribe anglófono que se exilió por motivos profesionales, y quizás por eso mismo, hasta 1923 McKay tampoco había viajado a África ni a ninguna otra región que no perteneciese a los Estados Unidos. Su sensibilidad oscilaba, entonces, entre los recuerdos de su infancia en Jamaica y su experiencia en la tierra fría del Norte; por lo que la mayoría de sus referencias poéticas sobre África resultan vagas, imprecisas, lejanas y contradictorias, y cuando aparecen son para representarla como un símbolo de su filiación racial y, a la vez, como un símbolo de su condición de exiliado. Algunos años después el barbadense George Lamming, en su libro Los placeres del exilio, explicaría esa proyección conciente que el antillano se forma de África, aun sin conocerla.

Podría decirse que la nostalgia de un espacio originario donde alguna vez se fue feliz y donde el racismo no se manifestaba con la crudeza de los Estados Unidos, es un rasgo compartido que confunde, en la poesía de McKay, la Jamaica natal y el África desconocida de sus ancestros. Langston Hughes, otro poeta que junto a Claude McKay dio gran popularidad al Renacimiento de Harlem, escribió en una ocasión: “Tan lejos, tan lejos está África. Incluso los recuerdos han dejado de vivir”. Pero aunque Hughes insistió en esa distancia temporal imposible de salvar, así como también lo hicieron otros poetas del Caribe durante esta etapa, lo cierto es que África persistió en sus obras literarias porque significaba un refugio natural, espontáneo y primitivo, en contraste con el mundo mercantilizado y segregado donde realmente vivían.

A partir de 1923, el itinerario que traza la vida de McKay se expande hacia Europa y luego hacia Marruecos, en el Norte de África. Sin embargo, esa ampliación de caminos no se manifestó de la misma manera en su obra poética, y sobre todo llama la atención que, luego de vivir y conocer la tierra africana, sus referencias al continente prácticamente desaparecen. Su poema “Farewell to Morocco”, donde McKay se desborda en el elogio a la naturaleza africana que conoció realmente, podría leerse también como una despedida simbólica. Según lo que ha quedado escrito en sus propias cartas, la experiencia de McKay en Marruecos, de 1930 a 1934, alimentó en él los deseos de visitar su tierra natal, a la que nunca más había regresado. Sin embargo, nuevamente aparece el dilema del paria y del hombre colonial, aunque ahora con nuevos matices: McKay también siente que es imposible volver a su Jamaica y tampoco quiere dejar de pertenecer a ese espacio cultural que supo conquistar, y donde contaba con un reconocimiento social como escritor que no tendría jamás en la isla del Caribe.

Sin pretender generalizaciones, esta conciencia de una cultura propia, escindida, que se convierte en motivo de angustia y que no puede revertirse, también se encuentra en otros poetas del Caribe anglófono, tal y como lo demuestran estos otros versos, de Derek Walcott:

Yo que estoy envenenado con la sangre de ambos

¿Hacia dónde me volveré, dividido hasta la vena?

Yo que he maldecido

al ebrio oficial del dominio británico, ¿cómo escoger

entre esta África y la lengua inglesa que amo?

¿Traicionaré a ambos, o devolveré lo que ellos dan?

¿Cómo puedo enfrentar esta carnicería fríamente?

¿Cómo puedo dar la espalda a África y vivir?[2]

II

Entre Martinica y Francia se trazaría un nuevo itinerario. Aimée Césaire nació en esa otra isla del Caribe, donde vivió y estudió hasta que, diecinueve años más tarde, fuera admitido a la Escuela Normal Superior de Francia. A diferencia de McKay, cuando emigró a la metrópoli francesa Césaire no había escrito todavía ni uno solo de los versos que, años más tarde, lo convertirían en uno de los poetas caribeños más importantes del siglo xx. Alejado del esquema utópico del Back to Africa, la poesía de Césaire tendría más relaciones con los poetas del Renacimiento de Harlem y, en especial, con la obra de Claude McKay y de Langston Hughes, los cuales precisamente habían sido tomados como modelo por un grupo de martiniqueños emigrados en París. Allí, en la capital francesa, Césaire tomó conciencia de su pertenencia una comunidad étnica, y comenzó a sentirse en africano en tierra extranjera. Sobre este fenómeno de reconocimiento cultural, que se generalizó a muchos otros poetas caribeños que compartían, o no, la experiencia del exilio, Franz Fanon aseguró que si antes del estallido de la II Guerra Mundial, en 1939, en todo antillano “no solo había la certidumbre de una superioridad sobre el africano, sino de una diferencia fundamental [puesto que] El africano era un negro y el antillano un europeo”,[3] a partir de entonces, en cambio, el antillano comenzaría a sentirse a sí mismo como negro y como africano.

Aimée Césaire

Durante estos años de fermento, Césaire reescribía una y otra vez su primer gran poema, publicado finalmente en 1939, por fragmentos, bajo el título de Cahier d’un retour au pays natal. Aquellos versos de Césaire viajaron desde la metrópoli francesa hasta Martinica, y ese regreso se convertía, a la vez, en la aceptación de su destino individual como sujeto negro, así como del destino histórico de toda su raza. La historia de Martinica y las circunstancias presentes de la vida de los negros en aquella isla no se convierten, sin embargo, en centro del poema de Césaire, sino que la dimensión simbólica que se le otorga al regreso trasciende, en el espacio, hacia todo el Caribe y hacia el continente africano y, en el tiempo, hasta los orígenes mismos de la cultura negra.

Aunque había vivido allí durante gran parte de su juventud, en Martinica Césaire no encuentra arraigo, sino lo contrario. Es por eso que Nancy Morejón ha señalado cómo, en el Cahier, Césaire no concibe la nación en su inmediatez y “la destina a largo plazo hacia la ensoñación de encontrarla en su pasado ancestral y remoto”.[4] Esa contradicción, entre la necesidad de recuperar una identidad común para su raza y la imposibilidad de encontrarla en su suelo natal, propicia que África tenga una importante presencia en estos versos, puesto que es allí donde Césaire localiza “el sustento de la patria perdida”.[5] Como ocurría en la poesía de McKay, en este poema de Césaire también se celebra la vitalidad armónica de los pueblos africanos originales y su modelo cultural, en oposición al del mundo occidental moderno, identificado con el hombre blanco.

Césaire acudió en su obra al tema de la esclavitud y del pasado ancestral en tierra africana para exorcizar el destino histórico del negro como hombre humillado y colonizado:

Jamás hemos sido amazonas del rey de Dahomey, ni príncipes de Ghana con ochocientos camellos, ni doctor en Tombouctou en tiempos del rey Askia el Grande, ni arquitectos de Djéne, ni Madhis, ni guerreros. No sentimos en las axilas la picazón de los que antaño portaban la lanza. Y pues juré no ocultar nada de nuestra historia (yo que admiro tanto al carnero paciendo su sombra de la tarde), quiero convenir en que fuimos, en todos los tiempos muy ramplones lava-platos, limpiabotas sin envergadura, y considerando las cosas lo mejor posible, hechiceros bastante concienzudos siendo el único record indiscutible que hemos batido el de la paciencia en soportar el látigo.[6]

Contrario al escepticismo de McKay y más próximo al optimismo de Garvey, Césaire también confiaba en que la historia compartida entre África y el Caribe era suficiente para enlazar las dos tierras. Esa convicción le permitió “crearse una geografía imaginaria que abarca todo el arco de las islas antillanas, hasta abrazar el archipiélago de Madagascar”.[7]

La nostalgia por un paraíso perdido, la condición de exiliado de su suelo natal, se confunde en la poesía de Césaire entre las referencias a Martinica y al África de sus ancestros, así como ocurría en McKay con Jamaica. En la fecha en que escribió el Cahier Césaire solo podía conocer la tierra africana por referencias ajenas. Sin embargo, nunca duda de su pertenencia a ese espacio, ni de la autenticidad de su representación poética:

A fuerza de pensar en el Congo

me he convertido en un congo ruidoso de bosques y de ríos

en el que el látigo restalla como un gran estandarte

el estandarte del profeta

donde el agua hace

likouala-likouala

donde el rayo de la violencia lanza su hacha verdosa y obliga a los jabalíes de la putrefacción a desembocar en la bella orilla violenta de las fosas nasales.[8]

Quizás África persiste en poemas posteriores de Césaire porque, a diferencia de McKay, su itinerario hacia el continente siempre ocurrió desde la poesía. Existe, en ese sentido, una contradicción entre el carácter diaspórico de su obra —que a la larga anulaba el propósito de fundación que pretendía establecer— y la propia vida de Césaire, quien luego de su retorno permaneció mucho tiempo en Martinica, desde donde se expandió hacia otras islas del Caribe, como Haití o como Cuba, en su afán por entender la región antillana desde sus elementos comunes. Nuevamente, en este sentido, la poesía de Césaire se distancia de la de McKay, a quien sin embargo tanto le debe: si el jamaicano jamás regresó a su tierra natal después de su experiencia africana, convencido de que allí tampoco encontraría un espacio propio, Césaire renuncia a visitar personalmente el continente porque asume que, desde el conocimiento profundo de su tierra natal y de la región caribeña en su conjunto, ya estaba recobrando lo que de este le interesaba la historia común de su raza.

III

Antes de conocer el mundo y de sufrir la experiencia del exilio, el cubano Nicolás Guillén no solo había publicado de manera vertiginosa varios de sus poemarios más importantes, sino que se había alimentado, en su propia ciudad natal y, luego, en La Habana, de ese fermento literario para la poesía negrista que comenzó a emerger a partir de los años 20 en la región del Caribe, en Estados Unidos y en Europa. En 1927, por ejemplo, ya la obra de Langston Hughes circulaba en Cuba gracias a una visita que éste había realizado a la Isla, y los primeros versos de Aimé Césaire también se habían introducido en Cuba gracias a una traducción de Lydia Cabrera, solo cuatro años después de que fuesen publicados en Francia.

Nicolás Guillén

Es a partir de 1937 que Guillén combina la intensidad de sus viajes a otros países con la labor intelectual y revolucionaria dentro de Cuba y con la escritura de su poesía, hasta que, en 1953, y justamente por las repercusiones político sociales de sus actividades, se ve en la necesidad de permanecer en el exilio durante los seis años siguientes. De manera que, a diferencia de McKay o de Césaire, Guillén no parte de su país natal en edad juvenil para ampliar sus estudios o para buscar el reconocimiento social en espacios metropolitanos; sino que, justamente, fueron su prestigio alcanzado como poeta y su fuerte comprometimiento con el país las razones que lo obligaron a permanecer fuera Cuba. Como parte de esta experiencia en el exilio, Guillén escribirá uno de los poemas que, dentro de su vasta obra, resultan más importantes para analizar la relación del poeta con África, ese referente poético que, como se ha visto, una y otra vez emerge en la poesía de estos años de la década del 20 y el 30. Se trata de la elegía “El apellido”, que comienza a escribir en París y que publicaría ocho años más tarde, en Argentina, como parte de La paloma de vuelo popular.

Aunque las relaciones de su isla con el continente africano no eran una temática nueva en la poesía de Guillén, “El apellido” es sin dudas uno de sus textos más emotivos en ese sentido, por tratarse de un poema autobiográfico, o de una “elegía familiar”. Como McKay, y como Césaire, Guillén también habla de dos mundos de valores diferentes que confluyen en su historia personal: el mundo de la cultura blanca, hispana, y el mundo de la cultura negra y sus ascendientes africanos, que ha sido silenciado por el primero. Guillén concibe su poema como una elegía porque supone la muerte a la que ha estado obligada una parte de su nombre, es decir, la parte de su herencia cultural que le otorga ese apellido que “viene de aquella tierra enorme, el apellido/ sangriento y capturado, que pasó sobre el mar/ entre cadenas, que pasó entre cadenas sobre el mar”.[9] Sin embargo, el poema desecha el tradicional lamento elegíaco y se convierte, más bien, en un acto de denuncia y de rebelión contra ese olvido del que ha sido víctima su matriz africana. Guillén reclama el reconocimiento de toda su herencia cultural desde las letras de su propio nombre, porque sabe que la palabra y el lenguaje han sido siempre efectivos mecanismos de dominación colonial. Por eso invierte el sentido de las nominaciones, tratando de plantearle a la lógica colonialista cómo sería asumida tomando como centro de poder la cultura africana:

¿Cómo decís Andrés en congo?

¿Cómo habéis dicho siempre

Francisco en dahomeyano?

En mandinga, ¿cómo se dice Amable?

Sin embargo, esa inversión que propone no se traslada al plano simbólico del regreso a la cultura originaria, puesto que para Guillén África no es lugar de llegada, sino punto de partida histórico y, por tanto, una herencia que es imposible acallar. Por eso, en su poesía el viaje siempre se traza del continente hacia el Caribe, y no a la inversa, como proponía Marcus Garvey, como realmente hizo McKay, o como poetizó Césaire. Guillén proyecta la reconciliación con África en y desde el Caribe, como parte de un proyecto futuro de integración cultural, que nada tiene que ver con esa sensación de McKay, de encontrarse “out of time”:

De algún país ardiente, perforado

por la gran flecha ecuatorial,

sé que vendrán lejanos primos,

remota angustia mía disparada en el viento;

sé que vendrán pedazos de mis venas,

sangre remota mía,

con duro pie aplastando las hierbas asustadas;

sé que vendrán hombres de vidas verdes,

remota selva mía

con su dolor abierto en cruz y el pecho rojo en llamas.

Esa comprensión diferente del tiempo y de la Historia también establece distancias entre el poema de Césaire y el de Guillén, puesto que si el primero propone “un mítico e ilusorio retorno a África”,[10] convencido de que la herencia se ha perdido y es necesario recuperarla, para el cubano, en cambio, no es la nostalgia o el sentimiento de pérdida lo que lo hace acudir al continente africano, sino el reconocimiento de que esa herencia aún está viva y presente, sin necesidad de ir en busca de ella. Si Césaire reconocía en su Cahier que el hombre negro ya no era capaz de sentir “en las axilas la picazón de los que antaño portaban la lanza”, Guillén representa esa lanza ancestral en su propio escudo familiar:

Mirad mi escudo: tiene un baobab,

tiene un rinoceronte y una lanza.

Un poema de Guillén como “Llegada”, del que solo podrían mencionarse unos pocos antecedentes en esta área cultural caribeña, ya escogía el motivo de la travesía trasantlántica en sentido inverso al propuesto por el movimiento Back to Africa. Su primer verso, “¡Aquí estamos!”, localiza claramente ese espacio desde el que el sujeto lírico clama por la integración de su cultura, y que es el mismo espacio al que vendrán esos “lejanos primos”, esos “hombres de vidas verdes” de “El apellido”. Guillén propone una trayectoria del continente a las islas, de la historia pasada a la realidad presente, de los ancestros a los hermanos.

Como en Césaire, o en McKay, en “El apellido” también está presente la naturaleza africana desde su inocencia paradisíaca, pero en este caso esa naturaleza se hace carne, se siente correr por las venas, se actualiza en la existencia misma del sujeto negro caribeño:

¿Acaso visitasteis mis abismos,

mis galerías subterráneas

con grandes piedras húmedas,

islas sobresaliendo en negras charcas

y donde un puro chorro

siento de antiguas aguas

caer desde mi alto corazón

con fresco y hondo estrépito

en un lugar lleno de ardientes árboles,

monos equilibristas,

loros legisladores y culebras?

Estos tres poetas son ejemplos de cómo, durante la década del treinta del pasado siglo, la imaginación poética antillana recurrió al espacio africano para minar determinadas concepciones colonialistas sobre la raza. Según Lamming, África fue conocida en las Antillas “a través del rumor y del mito, los cuales hacen siniestros el tutelaje y mediante un acondicionamiento paulatino se va identificando con el temor: temor a ese continente como un mundo que está más allá de la intervención humana”.[11] Desde la literatura, y cada uno con mayor o menor alcance social, estos tres poetas contribuyeron a enaltecer ese pasado remoto como un motivo de orgullo y como un elemento unificador de la raza.

Con ese mismo espíritu integrador, pero desde una identificación diferente con el espacio nacional, Guillén asume como destinatario de “El apellido” al cubano y al hombre caribeño en sentido general, y lo demuestra con la incorporación de los tres idiomas más importantes del mundo antillano para protestar, de manera pareja, por la mutilación de su cultura:

¡Gracias!

¡Os lo agradezco!

¡Gentiles gentes, thank you!

Merci!

Merci bien!

Merci beaucoup!

Aunque “El apellido” es un poema escrito durante la experiencia del exilio, con él Guillén corroboraba que, independientemente de la distancia física con su suelo natal, su interés podía permanecer anclado en la cultura nacional, desde su dimensión caribeña. La reivindicación familiar es, por tanto, entendida en dimensiones mayores. La herencia que se comparte es interminable, suya y ajena, porque pertenece a todos.

Por el vínculo que mantuvo con la literatura de temática negra que se producía fuera de Cuba, y por la coincidencia de sus valores, Guillén fue considerado por el propio Césaire como un hermano mayor que lo había precedido en la conquista de la negritud, así como McKay lo había sido para Césaire. Sin embargo, aunque efectivamente podrían señalarse varios aspectos en común entre el soneto de McKay, el Cahier del martiniqueño y esta elegía de Guillén, existe una diferencia fundamental de éste último en relación con los demás: si en el poema de Césaire la rebeldía de la raza se traduce en un rechazo hacia el mundo blanco, y si en el de McKay ese mundo blanco es una fatalidad que imposibilita la conciliación y la expresión auténtica de la herencia negra, en el de Guillén el grito de rebeldía se propone conciliar las dos culturas, puesto que la mezcla no se asume como dilema o como enfrentamiento, sino como una realidad que necesita ser reconocida e incorporada en la identidad nacional. En ese sentido, la poesía de Guillén será fundacional en el área del Caribe, donde apenas existían poemas de expresión francesa o inglesa que aceptaran cordialmente la conjunción de lo negro y lo blanco. El interés de Guillén, desde sus primeros versos, es el de defender un concepto de “país mestizo que hunde sus raíces en dos razas”, confiando que en un futuro podrá hablarse de “color cubano”.[12]

Esta diferencia sustancial que se percibe entre los tres poetas, hermanados no obstante por un espíritu común, podría relacionarse con la diferencia que existe entre las propuestas culturales más importantes que se implementaron, durante la década del 30 del pasado siglo, en el Caribe anglófono, francófono e hispano: el negrismo, el Back to Africa y la negritud, que “fueron fenómenos de toda una época” y los cuales dejaron sus “huellas en casi todas las Antillas de manera casi simultánea”.[13] Si tuviéramos que establecer conexiones entre esas propuestas y estos poetas, resulta que McKay interactuó sobre todo con las ideas de Garvey, las cuales materializó con su viaje a África y las cuales acabó por rechazar como propuesta insuficiente; mientras que Césaire, por su parte, como líder del movimiento de la negritud, adoptó una solución focalizada en el problema racial y, por lo tanto, incorporó a África como “entelequia filosófica”, o como patria mitológica reconocible en el espacio caribeño, sin que necesitara o le preocupara, por tanto, viajar a ella. La visión racial, social y nacional de Guillén es otra, y marca una diferencia importante en la región caribeña. Guillén, en palabras de Nancy Morejón,

sublima, hasta llevarlo a la realidad, su sueño de hacer una nación a la medida de su mestizaje (étnico y cultural). En la tensión racial que originan los dos componentes que integran la nacionalidad cubana, supo avizorar Guillén toda la fuerza telúrica de su Isla; supo ir más allá del espejismo estrictamente racial y se lanzó al plano cultural tan importante en su visión de la identidad nacional.[14]


[1] McKay, Claude: Selected poems of Claude McKay, con nota biográfica de Max Eastman, A Harvest Book, Harcourt, Brace and World, Inc, New York, 1953, p. 41.

[2] Lamming, George: “Actitudes de la literatura antillana con respecto a África”, Casa de las Américas,La Habana, n. 56, sept.-oct. de 1969, p. 125.

[3] Fanon, Franz: “Antillanos y africanos”, en Casa de las Américas, n. 36-37, La Habana, 1966, p. 160.

[4] Morejón, Nancy: “El concepto de nacionalidad”, en Nación y mestizaje en Nicolás Guillén, Ediciones UNIÓN, La Habana, 2005, p. 109.

[5] Morejón, Nancy: ob. cit., p. 107.

[6] Césaire, Aimé: “Cuaderno de un retorno al país natal”, en Poesías, Ediciones Casa de las Américas, La Habana, 1969, p. 30.

[7] Morejón, Nancy: ob. cit., p. 113.

[8] Césaire, Aimé: ob. cit., p. 19.

[9] Guillén, Nicolás: Obra poética 1920-1958, Tomo 1, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1972, p. 396.

[10] Melon, Alfred: “El poeta de la síntesis”, en Recopilación de textos sobre Nicolás Guillén, selección y prólogo de Nancy Morejón, Ediciones Casa de las Américas, La Habana, 1974, p. 213.

[11] Lamming, George: ob. cit., p. 120.

[12] Guillén, Nicolás: ob. cit., p. 114.

[13] Mateo, Margarita: El Caribe en su discurso literario, Oriente, Santiago de Cuba, 2005, p. 138.

[14] Morejón, Nancy: ob. cit., p. 115.

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