A MI ABUELO ÁNGEL

Por Néstor Calixto

El 1 de diciembre de 1910 nació en Gibara, Oriente, Ángel Ibrahim Augier Proenza, mi Abuelo Ángel.

Me conoció cuando yo tenía un año… claro que yo no recuerdo ese momento. Mis padres estudiaban Ingeniería Eléctrica en Checoslovaquia, y allí nací. El clima tan frío de ese país afectó mi sistema respiratorio, por lo que decidieron enviarme a Cuba. Y fue Abuelo Ángel quien me llevó, pues por esos días participaba en un evento literario en la capital checa. Viajó a la ciudad de Brno, donde vivíamos. Y su alma de poeta y la belleza de aquella ciudad antigua, poblada de techos nevados, le inspiraron este poema.

APUNTES DE BRNO
A Gisela y Néstor, mis hijos
Vale la pena subir los siete pisos.
Desde estas paredes de cristal
la calle se ofrece escandalosamente íntima.
Desde aquí se sorprenden todos los detalles
de este paisaje ni urbano ni rural
del barrio Fuchíkova, en que Brno
casi se despide para volver al campo.
O no, quizás sería mejor decir:
donde, con su aparato vegetal, el campo acude
a detener a la ciudad que avanza.
Séptimo cielo, mirador
de la calle Merjáutova. Haría falta una cámara
fotográfica, para apresar la imagen;
o más exactamente, para devolver a la cartulina
estas estampas de invierno
desprendidas de quién sabe qué tarjetas postales;
casa de chimeneas con sus techos nevados,
los pinos y otros árboles
con sus ramas moteadas de blanco
y la alfombra nevada de las calles
con el negro rastro de tranvías y automóviles.
(La ropa tendida en el balcón
-tendida en los días de sol para secarse-
también ha recibido su cuota de nieve.)

El paisaje quieto y su silencio.
De repente, a lo lejos,
la humareda de movimiento y sonido.
En la sala-comedor
Dianca juega y Néstor Vladimir gruñe.

Vale la pena encontrar este remanso,
este pequeño hogar con sus paredes de cristal,
este refugio de amor y de poesía
… menos cuando el ascensor está roto.
Pero no: también, aunque haya que subir
no se sabe cuántos escalones de los 7 pisos
y dejar los zapatos a la puerta
para no atropellar con la grosera suela
el tabloncillo recién encerado…

Mi vida de niño y adolescente no transcurrió tan cerca de mi Abuelo Ángel. Yo viví durante estos años con mis padres y mis abuelos paternos, en el reparto habanero de Alturas del Sevillano, un sitio campestre de la capital cubana. Lo visitábamos regularmente en su casa de la Víbora. Allí vivía con mi Abuela Corina, quien falleció en 1980.
Luego de la muerte de Abuela Corina, Abuelo Ángel se unió a Mary Cruz, una intelectual y escritora cubana, con la que vivió muchos años en el reparto Habana del Este. Es de este tiempo que más recuerdos guardo de mi Abuelo.
Tengo muy presente, por ejemplo, cuando le otorgaron el Premio Nacional de Literatura en 1991. También estuve cerca de él cuando fungió como Presidente de la Fundación Nicolás Guillén. En esa etapa lo veía muy a menudo y hasta colaboré con él en un Coloquio que organizó la Fundación, para promover la obra de Guillén, por allá por el año 1994.
Pero mis recuerdos más interesantes de Abuelo son de los años más recientes, cuando ya era un anciano y me sorprendió con su vitalidad y ansias de aprender.
Hasta 1995 escribió siempre a la vieja usanza, con una máquina de escribir. Pero un buen día me llamó por teléfono y me dijo, “Nestico, necesito que me ayudes porque quiero comenzar a escribir en computadora”. Tenía ya 85 años cuando comenzamos las clases de computación. Yo quedé maravillado de su ímpetu juvenil y de su afán por asimilar algo tan novedoso para él y tan diferente a sus costumbres, arraigadas tras una larga vida de letras.
Los últimos años que escribió lo hizo frente a una PC y llegó a dominar los editores de texto que usaba. Lo supe cuando dejó de llamarme para que lo ayudara, pues para él era muy incómodo molestar a otras personas, incluso si era a su nieto.
Abuelo Ángel fue un hombre que vivió intensamente. En 1955 realizó un viaje del que guardaba muy gratos recuerdos, sobre todo cuando visitó Egipto y sus Pirámides.
Quizás el hecho más relevante de su carrera periodística fue la breve entrevista que le realizó al gran Charles Chaplin, en París, en 1952, para la Revista Bohemia.
Mi Abuelo Ángel escribió muchos libros de poemas; también varios de ensayos y de crítica literaria. Fue un estudioso de la obra de Nicolás Guillén.
Sin embargo, su obra más acabada fue la familia que formó. Cuando murió, el 20 de enero, dejó tres hijos: Alba, Gisela (mi Mamá) y Angelito; nueve nietos, nueve biznietos y cuatro tataranietos. También le sobreviven dos hermanos, Negda y Jorge.
La última vez que lo vi, en mi viaje de diciembre de 2007, hablé bastante con él. En una de esas pláticas quiso despedirse de mí y me dijo que él estaba consciente de que podía ser ésa la última vez que nos viéramos. Yo apreté mi garganta y no supe qué decirle… pero tenía razón.
Justo estando yo en Cuba fue a vivir a casa de mis padres y allí murió, tres años más tarde, aquejado de múltiples molestias físicas.
En mi mente queda su fino sentido del humor, su hablar pausado, su gran aventura cibernética a los 85 años y esa despedida, que nunca olvidaré.
He querido escribir estas líneas para, a mi manera, homenajear a mi Abuelo Ángel, porque hoy, 1 de diciembre de 2010, Abuelo cumple 100 años.

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