Aspectos del exilio en la obra literaria de Heredia, Martí y Guillén – 2

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Fue inevitable, dado el amor a la libertad que manifestó desde su juventud, que con los años se profundizara su compromiso con el movimiento de independencia, y en particular, la independencia de Cuba. Había escrito, en 1823, «La estrella de Cuba», su primer poema donde promueve la independencia de su patria. Fue el año en que las autoridades supieron de su asociación con la logia revolucionaria Soles y Rayos de Bolívar. Ante la orden de su arresto, se tuvo que ir de Cuba a fines de ese año; se dirigió a Boston, y después a Nueva York. Un indicio de la fuerza que iba a asumir este compromiso revolucionario, es la respuesta negativa que dio a su madre, cuando en 1825 ella le pidió que intentara editar en Nueva York las Memorias de la revolución en Venezuela, que su padre había escrito. Heredia le respondió, refiriéndose a Bolívar: «Mi papá, por desgracia, tuvo el desconsuelo de no ver sino la parte oscura y sangrienta del cuadro, y la muerte le arrebató antes de que se alzara, como se ha alzado ya, el velo que cubría todo el resplandor de su gloria».

Habiéndose trasladado a México, continuó promoviendo la política republicana que le había impulsado a oponerse a Itúrbide, el autodeclarado emperador de México. Su producción poética adquiere ahora la urgencia de un ardiente revolucionario. Celebra los triunfos de Bolívar en la apasionada oda de 1827, e interviene, apoyando causas revolucionarias, dondequiera que aparezcan, y en poemas que muchas veces muestran evidencias de prisa en su ejecución, y de usos formularios, que resultan en la repetición de frases de un poema a otro.

En 1831, es condenado a muerte por otra conspiración a favor de la independencia de Cuba, y las autoridades confiscan todos sus bienes en la Isla. Desde México, donde desde 1834 se desempeña como rector del Colegio del Estado, y es designado primer catedrático de jurisprudencia, gramática latina, inglés y francés, le propone al Capitán General de Cuba un acuerdo, criticado por sus correligionarios, pero ganador de la simpatía de Martí, que le permite volver a ver a su madre después de doce años. Vuelve a México en 1837 y muere, en la capital, de tuberculosis, dos años más tarde, a la edad de treinta y cinco años.

La creatividad de José Martí, en lo que piensa y en lo que hace, es tan multifacética, fecunda e irrefrenable, que es difícil hablar brevemente de él; y, además, apenas se limita su obra cuando es considerada en el contexto de su exilio político, porque casi toda fue producida bajo esta condición. Para resumir concisamente su producción, pido la ayuda de dos escritures, cuyas opiniones no cansarán a los que ya las conocen. El primero es Rubén Darío, que compiló su ensayo «José Martí, poeta» en su libro Obras desconocidas, escrito en Chile. Describe a Martí con la frase: «Yo admiro, recordando al barón puro y al dulce amigo, aquel cerebro cósmico, aquella vasta alma, aquel concentrado y humano universo que lo tuvo todo: la acción y el ensueño, el ideal y la vida, y la épica muerte, y en su América, una segura inmortalidad».

A continuación voy a limitarme a comentar dos observaciones de Martí en su ensayo de 1888 sobre Heredia, enumerando las características de su obra:

Y aquella frase imperiosa y fulgurante, y modo de disponer como una batalla la oda, por donde Heredia tiene un solo semejante en literatura, que es Bolívar. Olmedo, que cantó a Bolívar mejor que Heredia, no es el primer poeta americano. El primer poeta de América es Heredia. Solo él ha puesto en sus versos la sublimidad, pompa y fuego de su naturaleza. Él es volcánico como sus entrañas, y sereno como sus alturas.

A lo largo de este ensayo, como en varias partes de su obra, Martí expresa su preferencia por la prosa, y si se trata de la poesía, «contra el verso retórico y ornado, el verso natural», según declara al iniciar el primer poema de los coleccionados bajo el título de Flores del destierro. Es por eso que aunque el poema de Olmedo —que es ejemplo de la poesía cargada de recursos retóricos obsequiados por los neoclásicos— se disculpa en un tiempo de rebelión, por tratarse de un rebelde de todos los tiempos; el estilo de su poema no puede ser el modelo para los tiempos nuevos en que vivían Bolívar y Heredia. Heredia fue el que, con su vigorosa espontaneidad, que reflejaba el espíritu de libertad, independencia y creatividad, no obstante los concomitantes y ocasionales descuidos expresivos, ganó la admiración de Martí y el título de «primer poeta de América».

En su ensayo, Martí demuestra, de otra manera, la fluidez con que su identidad cubana se enlaza con la hispanoamericana en el curso de su exilio. Toca el tema de la exclusión de los aportes

Dibujo encontrado en https://oasisdeisa.files.wordpress.com/2012/01/dibujo-marti.jpg

intelectuales de los cubanos, y de los hispanoamericanos en general, de los escenarios del mundo industrializado. Cabeza y cerebros tienen para interpretar con agudeza los sucesos que afectan a la humanidad, pero sufren una limitación de espacio. Para tratar de que Heredia sea debidamente aceptado, por ejemplo, hay que ver en él influencias inoportunas de lord Byron.

Además de pensar en Heredia en estos términos, Martí estaría pensando en otros próceres hispanoamericanos de su tiempo, y por supuesto, en su propio caso, porque cuando las reflexiones tienen como meta la elevación de la condición humana, cuando en su destierro sus versos reflejan la idea de que «Patria es humanidad»; cuando en sus ensayos sobre la divulgación científica populariza, como el librepensador de la post-ilustración que es, el progresista concepto prometeico, con su directiva de que cada hombre sea una antorcha; cuando, como desterrado político desde los diecisiete años, después de haber sufrido hiriente presidio, equipara a Cuba con la noche y piensa en la manera más eficaz de garantizar la libertad —«Ser culto es el único modo de ser libres»—; y cuando, al fin, vuelto a la patria para reclamarla militar y políticamente, podía demostrar de nuevo su perspicacia acerca de la nueva etapa depredadora de los Estados Unidos, y declarar su dedicada oposición altruista a ella, una mente capaz de tales reflexiones, una persona que ha podido realizar tales actos, tiene el derecho a clasificar los estrechos límites impuestos a la proyección de conceptos, como los relacionados en ese ensayo sobre Heredia, como «un dolor mortal, y motivo de tristeza infinita». En ese sentido, no está pensando solo en el exiliado poeta de «Al Niágara» cuando concluye que: «A Heredia le sobraron alientos y le faltó mundo».

Nicolás Guillén, como Martí, evaluó la contribución de Heredia en términos positivos, por su pensamiento atrevidamente revolucionario; y negativos, por los descuidos expresivos; pero en el breve ensayo en que lo hizo, habló más de la calidad; la proporción negativa parece más marcada que en el caso de Martí.

En septiembre de 1953, precisamente dos meses después del ataque contra el cuartel Moncada, que marcó el principio de la lucha decisiva contra la tiranía de Batista, Guillén dio en Beijing un discurso sobre José Martí. Habló en su condición de exiliado político, que había sido arrestado dos veces en 1952, y cuya vida estaba en peligro en el clima de terror que el régimen dictatorial y anticonstitucional había intensificado en su patria; porque hacía tiempo, desde 1929, que él llamaba la atención nacional sobre los males: la discriminación racial, la explotación de los trabajadores, el desempleo y el abandono en que vivía gran parte de la población, las agudas desigualdades en la distribución de la renta nacional, la sujeción a los Estados Unidos, y la prontitud con que las autoridades   empleaban la fuerza brutal contra el pueblo oprimido y sus defensores. Se refirió a todos estos males, que iban nutriendo la división y la estratificación social en Cuba, y cuya rectificación yacía, nada menos, que en una revolución como la que había prometido Martí. En efecto, termina su discurso con la frase: «Martí trabaja todavía, con su espíritu, con su palabra, con su obra —con nuestra ayuda— por hacer que ese futuro de que nos habla Kuo Mo-Jo (el poeta chino que postuló en 1952 que el presente de China, país soberano, independiente y socialista, era el futuro de la América Latina) sea en breve plazo presente para nosotros».

En el poema «Martí», que escribiera luego para el libro Tengo —el primer poemario que publicó después del triunfo de la Revolución—, Guillén definiría las cualidades martianas que había mencionado en su ensayo; habla de la fuerza invencible del carácter de Martí, de la firmeza de su voz, de la porfiada validez de su palabra, y de la claridad de la luz que se emite de él para servirnos de guía.

En el poema «Se acabó», escrito en 1960, e incluido también en Tengo, como en muchos poemas de esta colección, celebra la promesa de Martí hecha realidad por Fidel, indicando que Cuba está en la vanguardia de los países de América Latina para llegar a ese futuro que el poeta chino había visualizado. Citando varios abusos que habían persistido hasta los tiempos más recientes, podía ahora contraponer reiteradamente en su poema: «Te lo prometió Martí/ y Fidel te lo cumplió, / se acabó». Nótese cómo el encabalgamiento estrecha los lazos entre los dos excelsos héroes, y hace discreta alusión a los pronunciamientos de Fidel acerca del papel de mentor que Martí realiza en la gran epopeya.

Nicolás Guillén por el pintor Alejandro Cabeza

El regocijo en estos poemas del período del triunfo de la Revolución, fundado en la idea de que cualquier tiempo pasado fue peor, y que esos tiempos no volverán, está acompañado por la advertencia de que el proceso revolucionario tiene que seguir siendo humilde y repartido, como el corazón de Eduardo García, para que sea imparable. Esta combinación de júbilo y actitud solícita por el bienestar de la Revolución, expresados con recursos poéticos genialmente apropiados por el poeta, que por fin ha podido volver, como otros, a su patria, arroja una luz esclarecedora a su poesía anterior, haciendo destacar la pasión que la informa y, en particular, la desesperación que satura el último libro de ese período, La paloma de vuelo popular, de 1958.

En primer lugar, el título del libro es la repetición de un verso que Guillén había empleado en la parte culminante de su «Elegía a Jesús Menéndez» para significar la vuelta triunfante del líder de los trabajadores azucareros, del «general de las cañas», a una Cuba donde los trabajadores ejercerían sus plenos poderes, a una Cuba definitivamente revolucionaria. Guillén empezó a escribir ese poema en 1948, año del asesinato de Jesús, y lo publicó en 1951, y si, a más tardar, escribió ese verso en 1951, entre ese año y 1958 —cuando volvió a escribirlo dándole la importancia de un título— habían ocurrido muchas atrocidades y actividades    angustiosas en su país, intensificado ritmo de asesinatos, torturas, gangsterismo local ligado al internacional, prostitución y juego organizados e integrados al turismo, etcétera; todo animado por una dictadura corrupta y al servicio de un vecino poderoso.

Mientras él sufría desde lejos estas desgracias, su propia situación de inestabilidad, y aun de hostilidad de países que rechazaban sus peticiones de estancia durante su exilio, aumentaba su angustia; sin embargo, había razones para la esperanza, para volver a escribir con confianza el verso. La razón esencial era su firme creencia en la fuerza del pueblo cubano y en su capacidad de reconocer el general indicado para guiarlos a la victoria. Si la realización de esta última circunstancia alegre tuvo que esperar por los poemas que empezó a escribir a raíz del triunfo, y que coleccionó en el libro Tengo, los poemas que establecen la inmediata base contrapuntística a ese poemario, constituyen el libro La paloma de vuelo popular. En ellos se dirige a países hispanoamericanos que sufren otras formas de enajenación: Puerto Rico, Paraguay, Guatemala, por ejemplo; pero su visión es mundial, y en el momento cuando pocos tenían la perspicacia para discernirlo, él delató la barbarie británica contra el pueblo kikuyo de Kenya, una barbarie cubierta bajo intensa y descarada propaganda. De igual manera, condenó, en el poema «Little Rock», el racismo estadounidense. Al mismo tiempo, saluda a China, liberada del colonialismo. Aquí también resume el poeta la trayectoria de su obra, una poesía de llanto por la Cuba de aquel entonces, en el poema, de 1952, «Un largo lagarto verde», que recuerda el poema de siete años antes, «Mi patria es dulce por fuera». Cuba, en su larga y triste historia de feroces amos y esclavos abusados que exigen la atención, está representada en su «Arte poética».

El tema central del libro es el exilio. Lo comprenden varios enfoques estructurados con la maestría formal que hace que el lector sepa cómo es sentir la nostalgia, la añoranza, la inutilidad, la impaciencia desesperada y las privaciones del exilio. A veces lo puede declarar directamente y en voz alta y clara, como en el poema «Exilio»: «Mi patria en el recuerdo / y yo en París clavado / como un blando murciélago. / ¡Quiero / un avión que me lleve, / con sus cuatro motores / y un solo vuelo!». Otras veces puede ser tan sutil, que se ha considerado que los poemas tratan de otra cosa que del exilio, como en el caso de «Tres poemas mínimos», donde, no obstante el poema «Arte poética», se ha creído que son alabanzas a la naturaleza. El poeta despliega otro aspecto de su arte en el poema «Epístola», donde emplea la tradición epistolar como vehículo para dar categoría metonímica a imágenes sensuales de la añorada comida cubana. Además, a lo largo de estos poemas, demuestra su amor al pueblo, a personas reconocidas y recordadas por su presencia cotidiana entre sus vecinos, y su anhelo de estar entre ellos. Estos recuerdos, que sugieren que la «Elegía camagüeyana», que también apareció en 1958, y que suele agruparse con las otras grandes elegías, pertenece, asimismo, a La paloma de vuelo popular. Los recordados logros nacionales en el deporte, agrandados por su propia modestia y los adornos metafóricos, también encienden de nuevo su admiración y su impaciencia por volver.

Cuba, en su larga lucha por su independencia, su soberanía, y el desarrollo de su pueblo, ha podido contar con espléndidos aportes de muchos escritores y artistas, entre ellos se destacan José María Heredia, José Martí, y Nicolás Guillén, cuyo amor por la libertad, por su pueblo, les causó el doloroso castigo de su ausencia de ese pueblo, y en el caso de Martí, el último sacrificio. La poesía y la prosa con que expresaron ese amor, sin duda acompañarán siempre a los cubanos en su lucha para defender la libertad por fin ganada. Su vida, su obra, disfrutan también de ese fervor, que es capaz de invitar a otros, que no son cubanos, a participar en esa defensa.

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