Che Comandante: Palabras para Argentina

El 18 de octubre de 1967, nueve días después del asesinato del Che en la escuelita de La Higuera, en Bolivia, el pueblo de La Habana se reunía en la Plaza de la Revolución para rendirle un homenaje que se caracterizó por la consternación, manifestada en un silencio conmovido y conmovedor de miles de personas. Nadie podía creer, nadie quería creer, que la noticia de su muerte fuera cierta.

Tres días antes, Fidel Castro, en una comparecencia por televisión, tuvo que explicar detalladamente, con datos extraídos de varias fuentes, que lamentablemente era verdadera, y convocó al pueblo a la Plaza. Y el pueblo acudió en masa, espontáneamente, sin organización previa, sin consignas, solo cargando con su dolor.

Esa noche, Nicolás Guillén leyó, ante esa atribulada multitud, un poema escrito inmediatamente después de la intervención de Fidel. Su inicio, «No porque hayas caído/ tu luz es menos alta», parecía querer levantar los ánimos, asegurar lo que efectivamente ha sucedido: la figura del Che, su pensamiento, su ejemplo, ha continuado echando su alta luz en todos los movimientos revolucionarios del mundo, en todos los hombres y mujeres que sueñan con una sociedad más justa.

En segunda persona, utilizando al Che como receptor implícito, esta elegía —que como todas las de Guillén no es de llanto, sino de combate— resume, con las armas de la poesía, las características más sobresalientes del Guerrillero Heroico, sus momentos más significativos, sus anhelos libertarios, y también su identificación con «los pobres de la tierra», y la diseminación de sus ideas y su ejemplo, así como la indudable participación del imperialismo en su muerte.

Más que el conocimiento que los cubanos tenían —tienen— del Che, en el poema se manifiesta lo entrañable de la relación con él:

Cuba te sabe de memoria. Rostro

De barbas que clarean. Y marfil

Y aceituna en la piel de santo joven.

Firme la voz que ordena sin mandar,

Que manda compañera, ordena amiga,

Tierna y dura de jefe camarada.

Guillén ha sabido captar, y expresar poéticamente, el carácter del Che en sus relaciones con sus subordinados, con los obreros, con el pueblo todo; esa condición, difícil de lograr, de ser estricto en la exigencia y al mismo tiempo respetuoso del otro, amable en las órdenes, en fin, «jefe camarada». Guillén insiste en esa peculiaridad, escasa en la mayoría y aparentemente paradójica: «gente llana y difícil», «ardiente vendaval y lenta rosa», y sobre todo en los versos finales de cada estrofa, que resumen sintéticamente esa condición: «Che Comandante/ amigo».

No se trata de una idealización del personaje. Está retratando a un hombre que iba a las fábricas no a que solo le explicaran el proceso de producción y su cumplimiento, o a indicar proyecciones administrativas, o simplemente a hacerse presente, sino a trabajar codo a codo con los obreros, a conocer por sí mismo, en la práctica, ese proceso, a preguntar sobre los problemas y pensar conjuntamente su solución, a criticar lo criticable y estimular los éxitos; un dirigente que iba a cortar caña junto a los voluntarios, y descansaba con ellos, al pie del cañaveral, cuando llegaba el receso. Y todo esto con una actitud nada demagógica, sino natural, llana, como un compañero más; pero que al mismo tiempo era firme en la exigencia del cumplimiento de las tareas y de la honestidad en ellas.

Hay unos versos en el poema que, por su sentido profético, han llamado la atención desde que los restos del Che y sus compañeros fueron hallados, reconocidos y rescatados, en 1995. Guillén  escribe, cuando todavía no se conocían muchos elementos del suceso, ni siquiera qué habían hecho con el cadáver del Che, lo siguiente:

Y no porque te quemen,

porque te disimulen bajo tierra,

porque te escondan

en cementerios, bosques, páramos,

van a impedir que te encontremos.

En el resto del poema se habla del Che vivo, como ministro, como combatiente en la Sierra Maestra y en los Andes, o se simboliza la impronta de sus ideas en la humanidad que lucha, o se lo identifica transustanciado en el indio, el obrero, el campesino; o sea, en ese sentido está presente; no habría, por tanto, que encontrarlo. En el caso del fragmento citado, el sujeto lírico no habla en lenguaje figurado de esa permanencia ideológica, ya expresada en los primeros versos de esa misma primera estrofa —«No por callado eres silencio»— sino del secuestro y ocultamiento del cuerpo físico del Guerrillero, de su cadáver, y de la seguridad de que lo encontraríamos a pesar de todos los esfuerzos enemigos por desaparecerlo. Esa profecía se cumplió, como se sabe, y es una de las cosas extraordinarias que, a mi modo de ver, tiene este poema.

El Che descansa, finalmente, en la ciudad cubana que él y sus hombres liberaron, rodeado de la veneración de un pueblo que lo acogió como hijo.

En este pequeño folleto que hoy presentamos, aparece el primer poema que Guillén le dedicó en los iniciales días del año 59, escrito y publicado por primera vez en Buenos Aires. Se trata del soneto «Che Guevara»

Como ya he hablado de ese poema en otra conferencia, solo voy a citar un fragmento de ella, para no cansarlos:

Hay que decir que, aunque la leyenda de un médico argentino —que los combatientes cubanos bautizaron como «el Che»— ya había tomado cierta fuerza, en realidad, por la estricta censura del régimen batistiano y la propia condición geográfica y militar de la guerrilla, en esos primerísimos días de 1959 todavía la figura de Ernesto Guevara no había tenido la repercusión internacional que tuvo después. Guillén, sin embargo, reconoce la significación de su presencia en la Sierra. Su poema, además de un sentido homenaje al hombre que quiso echar su suerte con los cubanos que luchaban por su libertad, y que llegó a ser uno de los puntales de esa lucha, amplía su sentido hacia la hermandad y solidaridad de Argentina con Cuba. Los héroes independentistas de ambos países, y sus dos emblemáticos ríos sirven de base para el símil: el Che, en este caso, simboliza no una actitud heroica individual, sino la solidaridad de un pueblo americano con una hermana república; y la conjunción de las figuras de Fidel y el Che —esa «alma hecha de dos»—, la unión de la tierra de San Martín y la de José Martí.

Hay otros dos poemas en el folleto y ambos, como los anteriores, surgieron para el poeta en momentos especiales de su sentir. No fueron planificados, sino inspirados por determinados hechos que lo impresionaron fuertemente. De los ya mencionados, la manifestación multitudinaria de alegría por el triunfo de la Revolución, que presenció en Buenos Aires, fue la motivación para la inmediata creación del soneto «Che Guevara», mientras que. la impresión que le causó la confirmación de la muerte del Che, explicada por Fidel lo fue de «Che Comandante».

«Guitarra en duelo mayor», una composición de diez coplas con estribillos internos, fue escrita a finales de octubre, cuando se fue conociendo la acción de los distintos sectores y personas en el triste acontecimiento.

Guillén le habla al soldado boliviano, de origen campesino o indígena, pobre y explotado. Como hizo en 1937 acerca de los soldados cubanos, en Cantos para soldados y sones para turistas, trata de despertar su conciencia de clase y su solidaridad humana; su acusación por su participación en la muerte del Che es más bien persuasiva, sobre todo en cuanto a por qué y por quiénes estaba luchando el guerrillero.

¿No sabes quién es el muerto,

soldadito boliviano?

El muerto es el Che Guevara,

y era argentino y cubano,

y era argentino y cubano,

soldadito de Bolivia,

y era argentino y cubano.

Él fue tu mejor amigo

soldadito boliviano;

él fue tu amigo de a pobre

del Oriente al altiplano,

del Oriente al altiplano

soldadito boliviano

del Oriente al altiplano

«Lectura de domingo» es quizás el más íntimo de los poemas guilleneanos dedicados al Che. Su propio título sugiere una confrontación entre la comodidad hogareña en el día de descanso semanal y las dificultades materiales y sociales que el Che y sus compañeros experimentaron en su acción guerrillera en Bolivia. Lo motivó la lectura del Diario del Che en Bolivia, editado en La Habana a mediados de 1968.

He leído acostado

todo un blando domingo.

Yo en mi lecho tranquilo,

mi suave cabezal,

mi cobertor bien limpio,

tocando piedra, lodo, sangre,

garrapata, sed,

orines, asma:

indios callados que no entienden,

soldados que no entienden,

señores teorizantes que no entienden,

obreros, campesinos que no entienden.

Guillén dice, de otra manera pero con el mismo espíritu, lo que Roberto Fernández Retamar dijera en los primeros días de 1959, en su poema «El otro»: «Nosotros los sobrevivientes/ ¿a quiénes debemos la sobrevida?». Es esa especie de malestar culposo por no haber compartido los trabajos y los días de los que se sacrificaron por la libertad. Este era, por otra parte, un sentimiento compartido por muchos cubanos de la época.

Las últimas páginas del Diario son sobrecogedoras, cuando aquellas dificultades se tornan peligro inminente y persecución y muerte: También lo es la última estrofa de «Lectura de domingo», que las traduce poéticamente.

Inti, Pablito, el Chino y Aniceto.

El cinturón del cerco.

La radio del ejército

Mintiendo.

Aquella luna pequeñita

Colgando suspendida

A una legua de Higueras

Y dos de Pucará.

Después silencio.

No hay más páginas.

Esto se pone serio.

Pero al final, aquella alta luz del Guerrillero heroico que el poeta reconoció en «Che Comandante» funciona para hacer que su muerte se torne nacimiento:

Esto se acaba pronto.

Termina:

Va a encenderse

Se apaga:

Va a nacer.

A los cincuenta años de la desaparición física del Che, la Fundación Nicolás Guillén, a través de su editorial Sensemayá, publica estos cuatro poemas de nuestro Poeta Nacional, con ilustraciones de importantes pintores cubanos, como homenaje al hombre que actuaba como pensaba, cuya coherencia ética es proverbial, y cuyo ejemplo, más allá de su extraordinaria acción en la épica revolucionaria, sigue siendo una meta para todo el que aspire a la justicia social y a la dignidad humana.

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