El “segundo sexo” en el documental cubano. Una mirada a las realizadoras en los 90.

El Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), desde su temprana fundación en 1959, fue la entidad promotora y productora de todo el cine que se realizaba en la Isla.El espíritu agitado y experimental de los años fundacionales de la Revolución Cubana, caracterizaron el centro. Entre sus principales objetivos estuvo el establecer un cine auténtico y nacional, una filmografía comprometida con la causa y contar nuestra historia, nociones que abrirían paso a producciones distinguidas por su carácter de crónica, ponderando el documental como género que otorga veracidad al discurso expuesto.

La historia del documental cubano es extensa, de un valor estético y conceptual importante; por aquellos años (decenio de 1960) para llegar a filmar un largometraje se debían haber realizado documentales anteriormente. De este interés explícito en contar nuestra historia nacen los Noticieros del ICAIC, creaciones trascendentes del género en Cuba y el mundo, como diría Santiago Álvarez -su director durante los treinta años ininterrumpidos que funcionó- “(…) un noticiero de cine en una Revolución debe ser no sólo un eficaz aliado de la mejor información, sino al propio tiempo un producto elaborado, técnica y artísticamente inobjetable(…)”.[2]

En la siguiente década, clasificada para la posteridad como “Quinquenio Gris” (primeros años de la década del 70), pasó con menor éxito para el cine, en gran medida causado por dogmáticas políticas culturales que restringieron el espíritu creador de los realizadores. Aunque fue el cine (en toda su extensión) entre las diversas formas de arte, uno de los géneros artísticos menos hostigados de esta etapa, el documental dentro de la corriente encontró un curso propicio en este contexto sociocultural y político, de estrecha delimitación. La etapa posterior, la década de los ´80 fue un período “(…) de reformulación de la política cultural cubana…- en el que -…predominó una ansiedad por problematizar el arte y vincularlo con la realidad social(…)”[3], quizá reaccionando a su duro precedente. En esta etapa en se desarticula el ICAIC y se tienen atisbos de las coproducciones que caracterizarían la siguiente década, mientras en otro espacio se creaba la Escuela de Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV) y el Taller de Cine de la Asociación Hermanos Saíz (AHS). Comenzó en aquellos años la introducción en Cuba de la técnica del video, lo que facilitó la creación de documentales.

Llegado el decenio posterior los ’90, la situación se hizo harto complicada provocada por la caída del Campo Socialista y subsecuente crisis económica, razones que dieron al traste con una gran baja en la creación de documentales elemento que abarcó no solo al cine sino al resto de las industrias culturales. El ICAIC sumido como el resto en la crisis, dio lugar a la coproducción como el medio más efectivo, por las y los realizadores en la etapa.

A pesar de que formar la imagen de la nación y del sujeto revolucionario (inclusivo por demás) es una de las metas que persiguió el ICAIC como institución creadora, que respondía ideológicamente a un Gobierno de carácter socialista, quisiera señalar un factor común: la industria está masculinizada. En los espacios culturales la posibilidad de acceso de las mujeres cubanas ya iba tornándose realmente alta en relación a los índices de otros países de América Latina desde el triunfo de la Revolución, pero el problema ha radicado en su dificultad para acceder a los puestos de máxima en la industria y la posibilidad real de crear largometrajes.

De forma solapada, el audiovisual cubano estuvo y está marcado por los síntomas del patriarcado aunque en el documental hubo una proliferación de creadoras como Rebeca Chávez, Lourdes de los Santos, Belkis Vega y Mayra Vilasís que -pese a la difícil situación- continuaron produciendo.

Foto tomada de http://www.cubahora.cu/cultura/para-visibilizar-el-cine-hecho-por-mujeres-cubanas

Para la década del noventa en nuestro país se realizaron aproximadamente treinta y siete filmes de ficción, de los cuales ninguno contaba en la dirección con mujeres. Situación que resultaba casi un absurdo si tenemos en cuenta que más del 64 % tenía como Director Asistente y/o Asistente de Dirección al menos a una mujer, las mismas que de forma independiente enriquecieron el documental nacional.

Esta no es una característica exclusiva del cine cubano, sino de la industria cinematográfica en general elemento insertado en una sociedad patriarcal que padece de los mismos perjuicios en todas sus áreas. A propósito de ello, interesante resulta constatar la perspectiva femenina siendo objeto y sujeto de sus propias creaciones. Las realizadoras cubanas de los años de mayor crisis, los ´90, dinamizaron la mirada, las temáticas, así no fueran feministas declaradas, mostraron e iluminaron asuntos preteridos en la creación. Desde una incipiente perspectiva de género (Identidad (1999) y De mi alma, recuerdos (2002), de Lourdes de los Santos, o problematizando temas candentes como el racismo en Cuba (Marina Ochoa: Blanco es mi pelo, negra es mi piel (1996); Gloria Rolando: El alacrán (1999); la realizadora cubana ha encontrado en el documental su tribuna, tal vez por ser un género dentro de la industria (por una determinada concepción de arte restrictiva); lo cierto es que ha sido el espacio donde con mayor asiduidad encontramos obras de féminas.

Así, encontramos en los ochenta, algunas de las figuras que engrosarían las filas de mujeres documentalistas en las décadas posteriores y han consolidado el género en Cuba como: Marisol Trujillo con Mujer ante el espejo (1983); Estela Bravo con Los marielitos (1983) y Niños desaparecidos (1985); Mayra Vilasís con Yo soy la canción que canto (1985) y Con luz propia (1988); Miriam Talavera con Uno, dos, eso es (1986); Rebeca Chávez con Buscando a Chano Pozo (1987); Teresa Ordoqui con Nicolás (1984); Lizette Vila con El orfebre (1986).

El documental deviene la plataforma más extendida para los cineastas (sin importar su género), en deferencia del largometraje[4], más exclusivo y desempeñado principalmente por hombres.  Encontramos a Gloria Torres y Magda González -ambas del ICRT- con Querido y viejo amigo (1990); Niurka Pérez (EICTV-FAR) con Palomas (1991); Rosaida Irizar (ECITV-FAR) con Memoria (1992); Mayra Vilasís con El cine y yo (1995); Marina Ochoa, Guillermo Centeno, Manuel Pérez y Mercedes Arce con Del otro lado del cristal (1995).

No existen cláusulas, ni leyes, ni siquiera una respuesta concreta[5] que señale por qué les sucede esto a las mujeres, sin embargo, la práctica confirma lo alejado que estamos de erradicar este lastre. Acciones (desde las propias mujeres como grupo) se han venido realizando en Cuba para subvertir la situación, como la creación de la Asociación de Mujeres Comunicadoras[6] o la fundación de la Mediateca de la Mujer Realizadora Cubana y de su “Diáspora Sarah Gómez” que ha ido creciendo hasta convertirse en la Red de Realizadoras Cubanas; pero creemos que una reformulación de la Ley de Cine en Cuba junto a una mayor visibilidad del problema en los medios de comunicación pudieran crear conciencia y agilizar un proceso, que debería estar naturalizado: la inclusión habitual de la mujer en la dirección de filmes. Esperemos que el techo de cristal no siga siendo el límite de nuestras realizadoras.

[1]  Alusión al texto El segundo sexo (1949) de Simone de Beauvoir, de los textos pioneros en estudios feministas.

[2]  Tomado de la revista Cine Cubano. Año 8, No. 47, pp. 41-44

[3]  Naito López, Mario. El documental cubano desde sus orígenes hasta nuestros días (versión digital)

[4]  Solo Sarah Gómez y casi tres décadas después, Rebeca Chávez o Marilyn Solaya han realizado largometrajes de ficción en Cuba hasta este momento.

[5] Se han realizado investigaciones muy serias sobre las cuestión, por desgracia no trascienden el ámbito académico.

[6]  En 1993 se crea la Asociación de Mujeres Comunicadoras MAGIN, con el fin de debatir la posición de las mujeres comunicadoras en los medios y su papel. Fue “desactivada” rápidamente por intereses políticos.

El texto anterior formó parte como ponencia del panel “Eva Insular y la creación en tiempos de crisis” en el pasado Congreso de Estudios Latinoamericanos de este año (LASA CONGRESS 2016) sesionado el día 30 de mayo a las 12:45 pm en el Hilton Midtown de New York

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