ELIA (Reportaje de Guillén a propósito del Ciclón Flora)

Elia es un pequeño pueblo situado «en las faldas» de un central gigantesco. Está cerca de la ciudad de Camagüey (unas dos horas en auto) y para llegar hasta él es necesario atravesar tres barrios rurales y un municipio: Sibanicú, Cascorro, Martí y Guáimaro.

Ahora bien: si para Elia —pueblo y central— un ciclón, por fuerte que sea, es un enemigo esporádico, sujeto a las variaciones barométricas, su río, el Tana, es un enemigo permanente. La historia de esta pequeña población puede sintetizarse como la de una lucha sin sosiego con ese monstruo, que la envuelve y amenaza. Por eso no es extraño que ahora, al desatarse el huracán de octubre, la mayor parte del daño que Elia sufrió le viniera del río hinchado por la lluvia.

En Elia nos recibe y atiende un joven compañero muy diligente y bondadoso, a quien todo el pueblo llama Pepín. Es el secretario del Partido allá, y del respeto y afable modo con que lo tratan, se deduce que cumple con su deber.

Tomado de www.tiempo21.cu

A pesar de que hace ya cerca de una semana —escribimos el 18— que el ciclón azotó a Elia, sus habitantes no tienen punto de reposo en la tarea de remediar los daños del meteoro. Cuadrillas de muchachas y muchachos recorren las calles del poblado limpiándolas de lodo. Son de Guáimaro, según nos dicen. Trabajadores voluntarios que vienen de ese cercano municipio a «darles una mano» a sus vecinos.

Al desbordarse el Tana, sus aguas inundaron el poblado, y en él alcanzaron una altura de más de dos metros. La fuerza de la corriente puede medirse todavía en uno de los puentes sobre el río. Son asombrosas las gigantescas dimensiones de los árboles cuyos troncos arrastró en su furia, proyectándolos con salvaje violencia sobre aquél. La barbería más importante del pueblo fue sepultada por las aguas: sus propietarios nos señalan los enseres mohosos y deteriorados. La farmacia se quedó sin una aspirina, los anaqueles en el suelo, el mostrador en la calle. «Pero ya está surtida como antes», nos dice el farmacéutico. Lo mismo ocurrió con las tiendas de ropa, con los almacenes, con la librería. En ésta, aleccionados —¡eso creían ellos!— por anteriores crecientes del río, los empleados habían puesto los libros en altos entrepaños. No les valió la precaución: el Tana subió esta vez a donde nunca, alcanzó los anaqueles y se llevó toda la literatura. Como en el caso de la botica, los libros fueron repuestos totalmente.

Más aún: el mismo día del ciclón, Elia tuvo luz y agua en el batey del central; y al día siguiente en todo el pueblo. Pepín, que es quien nos da estos datos, nos lleva a recorrer el radio urbano. Todo el mundo está en la calle. Como volvió a llover, y el Tana se hinchó de nuevo e inundó los barrios aledaños a él, en éstos ha habido que volver a empezar. La humedad, unida al lodo removido, da a la atmósfera un olor desagradable y particular. Sin embargo, nadie se queja. Es justo decir que los vecinos se hallan entregados a su faena con buen humor. Nos saludan sonrientes en su cordialidad y no parece sino que se sienten orgullosos de que el forastero los vea erguidos frente a un través de la vida, que aunque duro es pasajero.

A unos metros del río visitamos una familia negra. Marido, mujer y los niños. Habitan una pequeña casa de madera, muy humilde. El fango los rodea; fango en la calle, fango en el pequeño jardín que media entre ésta y la puerta de entrada; fango en las paredes de tabla, fango en el piso de las habitaciones… que es de tierra. «Anoche creció el río», nos dicen. «Tuvimos que levantarnos para luchar con el agua; esto es terrible…» Hay muchos mosquitos. Resulta un problema dormir, y por el día casi no deja trabajar. El ama de casa sonríe y dice suavemente: «Al fin habrá que irse, porque al río no hay quien lo sujete…»

Pepín nos lleva al central. El monstruo reposa exánime. Sin embargo se está trabajando infatigablemente por ponerlo en movimiento. Más de cincuenta motores fueron afectados por el agua. Pepín dice que la reparación de ellos comenzó ya. Y para subrayar sus palabras nos muestra los que están en manos de los técnicos. De sus entrañas salen mazos de hilos de cobre, ya relucientes otra vez en virtud de la limpieza. Con todo, hay que devolverles su antigua sensibilidad, reducida por el moho y la tierra, consecuencia de la inundación. La romana fue arrancada de su sitio. ¿A qué seguir? Considere el lector: casi tres metros de agua metidos entre aquellas máquinas, que requieren, en días normales, una limpieza diaria, un cuidado delicadísimo, hecho por expertos.

Pero en el central también hay buen ánimo. Hace unos años habría sido imposible lograr que sus obreros se dispusieran a trabajar sin paga extra para poner en movimiento una maquinaria colosal. Hoy eso es la cosa más natural del mundo a causa de que esta fábrica de azúcar es un bien popular, propiedad de los mismos que trabajan en ella.

De regreso a la casa del Partido, pasamos por delante de un grupo de jóvenes cuya indumentaria y disposición no los presentan precisamente en trance de ayudar al pueblo en la reconstrucción. Viven en la parte alta de Elia, adonde no llegó el río. Camisas de playa, zapatos de dos tonos, pantalones de línea impecable. En los labios un rictus entre sonriente y despectivo. Un auto los espera…

Alguien comenta que «no han dado un golpe». Otro dice que «anteayer los fueron a buscar y les dieron pega». Uno más: «Pues que le repitan la medicina. Como esto es un provecho de todos, todos tienen que trabajar.»

Final: En Elia no hubo muertos, pero los daños materiales fueron inmensos. El pensamiento unánime es que mientras no se canalice el Tana, la situación del poblado será siempre de peligro potencial. Dicen que ya se trabajó en esto, pero lo ocurrido ahora prueba que no basta. Hay ríos que, como el Nilo, tienen inundaciones beneficiosas, y Egipto debe su fertilidad al desbordamiento periódico de aquellas aguas, que se repite matemáticamente todos los años. Pero el caso del Tana es distinto. Quizá no sea exagerado lo que oímos allá y es que, o Elia acaba con el Tana, o el Tana acaba con Elia. Bueno, acabar con el río precisamente no, pero «educarlo» sí; hacerlo inofensivo, más aún, hacerlo útil. En la Unión Soviética y en China hay en esto experiencias que son maravillosas.

Hoy, 31-X-1963.

Nicolás Guillén

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