Aspectos del exilio en la obra literaria de Heredia, Martí y Guillén

La experiencia del exilio implica varias formas de incompatibilidad, que conducen a la dislocación filosófica y a la separación física del individuo de las circunstancias que considera propiamente suyas, que han constituido la base de su identidad. Al reconocer un contenido filosófico en este proceso, se da lugar a la necesidad de evaluar la posición moral y ética del exiliado, y a considerar el contexto social y político que ha influido en su formación filosófica, que provocó la dislocación y, en muchos casos, la hostilidad de sus opositores, que suele incluir a las autoridades que ejercen el poder. A veces hay quienes se identifican como exiliados, pero cuando se escuchan las razones del rompimiento de sus nexos con su país natal, se sobreentiende que la posición ética y moral implícita en esas razones no llega a la altura de la que reina en el país abandonado, y que filosóficamente, en su caso, no es válida la autoclasificación de exiliado. Ejemplos de esta clase de contradicción se observan en el fenómeno de cubanos que desde 1959 deciden vivir en otros países, predominantemente en los Estados Unidos. Dado el carácter de la primera ola de inmigración de cubanos, constituida en gran parte de ricos y de criminales que habían servido a los intereses del poderoso país norteño, les convenía, tanto a los recién llegados, como a sus anfitriones, pintar todo lo que tenía que ver con la Revolución de la manera más negativa posible, y se esperaba que todos los inmigrantes, según seguían llegando, añadirían imágenes a ese cuadro; además, les aguardaban en los Estados Unidos condiciones migratorias y económicas excepcionalmente favorables, que existían solo para los inmigrantes de origen cubano, motivadas por la política hostil hacia Cuba, y cuyo fin fue, y es, derrocar la Revolución cubana. De modo que el inmigrante puede asegurarse fácilmente estos beneficios y aprovecharse plenamente de estos incentivos, si se declara exiliado político.

Esto da lugar a acontecimientos realmente sorpresivos. Es el caso, por ejemplo, de un artista de merecido renombre en su campo, que llegó desde La Habana a Toronto, donde organizamos funciones, en las cuales dio muestras de su obra, y habló sobre ella, de su trasfondo cubano, sin ninguna mención hostil a la Revolución, más bien ilustrando cómo con ella los abusos retratados en su obra habían sido definitivamente liquidados. Entendíamos que iba a volver a la Isla, no obstante las graves dificultades económicas que la estaban afectando por aquellas fechas; sin embargo, en el transcurso de unas pocas semanas, y desde los Estados Unidos, se le vio proclamándose no mero inmigrante, ni sencillamente exiliado, sino «exiliado político» radicado en ese país.

El uso, por un cubano, de ese término, en tales contextos, necesariamente hace pensar en la historia de la práctica del exilio político en Cuba, y su asociación con el arte poético. De inmediato, pensando en sus orígenes, es forzoso fijarnos en José María Heredia, e inevitablemente, siguiendo el curso de la historia, en José Martí y Nicolás Guillén, tres patriotas separados en sus fechas de nacimiento por cincuenta años, y que cada uno de ellos puede ser considerado «Poeta Nacional». Con ellos, el término tiene una acepción distinta del uso oportunista que comentamos antes, porque sus dificultades, su rebelión, su castigo, resultan de su oposición a autoridades que ejercen, solo a fuerza del poder militar, leyes arbitrarias, constituciones injustas, establecidas sin ninguna participación directa o indirecta de los súbditos, o violadas, cuando las hay.

Consonante con este abuso de poder, la palabra destierro viene a estar estrechamente ligada a la idea práctica del «exilio político» y, como antítesis a las afrentas, el exiliado es motivado a seguir actuando de una manera intachablemente ética y moral, demostrando así el hecho de que pertenece, con toda justicia, al país que transitoriamente no soporta su existencia, pero al que volverá a vivir cuando los falsos ocupantes, que por su carácter no lo merecen, ya no controlen el poder.

Siendo José María Heredia el primero de los poetas mencionados en el contexto de los políticamente exiliados, que ha devenido una tradición que ocupa un lugar excelso entre las corrientes más trascendentales de la poesía cubana, y fortalece, al mismo tiempo, el espíritu de invencibilidad en el campo de la política, es imprescindible examinar la formación y el desarrollo de este poeta que nació en Santiago de Cuba el último día de diciembre de 1803. Sus nexos familiares no auspiciaban el sentimiento de incompatibilidad con el régimen colonial y el espíritu de rebelión que iba a impulsar su obra literaria y sus acciones políticas. Sus padres, un hermano de su padre, y un hermano de su madre, habían emigrado a Cuba desde Haití cuando este país estaba en proceso de convertirse en república gracias a las exitosas rebeliones de esclavos, esa misma categoría de hombres y mujeres por cuyo trabajo en el cultivo de café los familiares habían acumulado un caudal importante. Al trasladarse a Cuba, donde seguía en vigor la esclavitud, decidieron continuar su sistema económico de producción cafetalera; el hermano del padre en la región de Santiago de Cuba, y un primo, en Matanzas.

Una condición clave para el desarrollo intelectual y ético del joven José María Heredia fue el hecho de que su padre optara por una carrera judicial al servicio del imperio español, y que guiara al niño hacia el conocimiento de los clásicos. En 1810, la autoridad colonial designa a su padre oidor de la Audiencia de Caracas. Por dificultades surgidas durante el viaje de Cuba a Venezuela, la familia tuvo que refugiarse en Santo Domingo, de donde el padre continúa su viaje solo, dejando a la familia al cuidado de parientes; estos, en el transcurso de los dos años que el niño pasa en Santo Domingo, aseguran —siguiendo las instrucciones del padre— la educación clásica, literaria y religiosa de José María, quien demuestra un talento prodigioso. Durante esa estancia, a los ocho años de edad, tradujo con maestría a Horacio.

José María Heredia

La Venezuela a la que llegó en 1812 era el foco de las guerras de independencia en Hispanoamérica, que habían empezado en 1810; en este contexto su padre estaba sirviendo al imperio español en un país que, a inspiración de Simón Bolívar, había declarado su independencia y establecido una república en 1811. Al año siguiente, la intensificación de la guerra, después de la caída de la primera república, volvió físicamente peligrosa para la familia Heredia una tarea que, hasta 1815, cuando las fuerzas reaccionarias de José Tomás Boves triunfaron sobre las de Bolívar, era judicialmente insostenible. Durante las constantes mudanzas de ciudad en ciudad para evitar los peligros de la guerra venezolana, el joven José María habría tenido que reflexionar en torno al conflicto y, por supuesto, sus simpatías iniciales coincidirían con la posición de su padre, el representante judicial de los españoles; pero, al mismo tiempo, dada la experiencia y madurez que adquiriría por su afición a la lectura y su capacidad de ligar lo histórico a lo contemporáneo, lo que pasaba en Venezuela iba a proporcionarle una perspectiva más amplia.

Una experiencia similar habrá tenido José María durante su primera estancia en México, donde su padre, después de pasar dos años en La Habana, se trasladó en 1819, con su familia, a fin de tomar posesión de la plaza de alcalde del crimen de la Audiencia de México, otro país que, después de su declaración de independencia, entró en un período de intensas luchas. En tales circunstancias, el trabajo de magistrado del imperio español, su natural lealtad, y los lazos que mantenía con España, impulsaban su patriotismo en esa dirección, pero la escala de estos años se caracteriza por su inestabilidad.

Recién liberada del control de Napoleón, España se encuentra, desde 1812, bajo el reino del incompetente y malhumorado borbón Fernando VII, quien, al fin y al cabo, no creía en el gobierno constitucional. El joven Heredia, con sus actitudes espontáneas, precursoras de su romanticismo, tendía a reflejar la inconsistencia de esas circunstancias. Si, frente a la situación en Venezuela, pudo escribir un soneto a José Tomás Boves, condenando rotundamente a este brutal enemigo de los independentistas, pudo, por otra parte, escribir su himno patriótico «Al restablecimiento de la Constitución», en celebración de la reimposición de la Constitución de 1812 en España, la patria. La reiteración de la palabra libertad en este poema, es eco de su uso en tal variedad de formas que llega a ser su consigna, encapsulando su modo de ser y su concepto del mundo, así como su temática y su expresión poéticas.

En mayo de 1820, cinco meses antes de la muerte de su padre en México, le escribió sobre el tema de la libertad; la carta es como un anuncio de que iba a ser romántico. En diciembre de ese año, cuando todavía no había cumplido diecisiete años, escribió «En el teocali de Cholula» —publicado en su colección de 1825—, una de sus grandes composiciones, que lo situaría como iniciador del romanticismo en lengua española. En él figura el poeta como vate, dentro del escenario del valle de Anáhuac, ampliamente descrito en su dimensión geográfica e histórica, condenando la sucesión de guerras y crueldades que habían ocurrido en ese lugar, consecuencia de la tiranía de la religión o la superstición.

El poema que le asegura a José María Heredia el título de gran poeta romántico de la lengua, es la oda «Al Niágara». Hay en ella una fuerza y un vigor que demuestran la capacidad del poeta para resistir el encuentro, y desafiar el poder de ese fenómeno natural. Eliseo Diego ha acertado al hablar, en un ensayo, del encuentro en el poema de dos prodigios: el flujo del agua y el flujo de palabras. Ausente de Cuba durante la mayor parte de su corta vida, la extensión de su identidad para hacerse hispanoamericano fue espontánea. Suele enfocar en su poesía fenómenos y espacios americanos, dentro de los cuales se inserta a sí mismo, desafiante y vencedor, estableciendo así una mitología poética que en su poema «En el teocali…» tenía como base la historia de Hispanoamérica y puntos de la naturaleza tan destacados como Popocatépetl, Iztaccíhuatl, y Orizaba. De esta manera anticipó la teoría americanista de Andrés Bello. La primera versión de «Al Niágara» es una afirmación enérgica y una extensión de este espíritu americanista. En muchos poemas, entre ellos «Himno del desterrado» y «Placeres de melancolía», de 1825, se evidencia un profundo sentimiento nostálgico por su tierra, expresado en apóstrofes a Cuba, directamente o por medio de metonimias tomadas de la naturaleza, como en el caso del poema «Al Niágara», escrito en 1824: «¿Por qué no miro / Alrededor de tu caverna inmensa / Las palmas ¡ay! las palmas deliciosas, / Que en las llanuras de mi ardiente patria, /  Nacen del sol a la sonrisa, y crecen, / Y al soplo de las brisas del Océano, / Bajo un cielo purísimo se mecen?».

Keith Ellis

Para lograr el apropiado flujo de palabras, a diferencia de sus contemporáneos, apenas si cumple con el requisito de la silva, de que por lo menos la mitad de los versos deben rimar. Por todas estas cualidades de su obra poética, y por supuesto, su apasionada poesía de amor, cimenta su posición como el primero de los poetas románticos de la lengua.

Continúa en proximas publicaciones…

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