HAY QUE SEGUIR (Artículo de Nicolás Guillén a propósito del Ciclón Flora)

Alrededor de las tres y media de la tarde, el 17, dejamos el puerto de Santa Cruz del Sur rumbo de Manzanillo, a bordo del «Máximo Gómez», normalmente destinado a la pesca del camarón y ahora formando parte de la flotilla que transporta auxilios a Oriente. Es un barco pequeño, pero ligero y sólido. Fuera de un reducido camarote con cuatro literas dos altas y dos bajas, no tiene espacio donde estar sino en la popa —tres o cuatro metros a lo sumo—, y un pedacito de la proa. Al desatracar, nuestro barco es ayudado por el «Moraima», y ambos remueven con sus hélices el lodo de la orilla, que huele mal.

Como pasajeros vamos Raúl Luis y este cronista servidor. La tripulación está formada por José y Jaime Pons, Everto Sánchez, Eduardo Montenegro y Carlos Cardoso. De escolta va un soldado rebelde que se llama Domingo Álvarez. José es el patrón y Montenegro el cocinero.

La navegación es de cabotaje. De modo que todo el tiempo vemos tierra, primero la costa sur de Camagüey y luego la de Oriente. Sin contar la graciosa sucesión de cayos que parecen verdes chalupas ancladas: Marté, El Navío, El Paso de los Bayameses… Buen tiempo, al menos hasta las primeras horas de la noche.

Aunque estamos lejos de Santa Cruz, persiste en mí el vívido espectáculo de aquellos muelles incesantes, donde la tarea de cargar y descargar barcos y patanas dura noche y día. Llevamos 379 cajas de chocolate y 1 402 de galletas dulces. Además, correspondencia para Manzanillo, Bayamo y Santiago de Cuba. Tobío nos entregó a Raúl y a mí dos radios portátiles para el Partido.

A bordo reina un ambiente agradable, pues los tripulantes son compañeros sencillos y cordiales, preocupadísimos por lo que nos pueda faltar y por si vamos cómodos. ¡Pero hombre! No nos falta nada,  y en cuanto a comodidad nos sentimos mejor que en el «Aquitania». Ocho horas de mar, por otra parte, se pasan en un suspiro. José, el patrón, dice que llegaremos a las once y media de la noche. Sólo que el regreso depende «de la gente de allá». Si la descarga se hace en seguida, volveremos con las estrellas; si no, mañana en la mañana, a las nueve o las diez. Esta última posibilidad me regocija, pues quisiera dar un bureo por Manzanillo.

A las seis comemos. Yo aprovecho mi turno de utilizar una de las literas. Pronto me quedo dormido, ayudado por el ruido de la proa rompiendo el agua, hasta que un rumor de palabras me hace abrir los ojos. El pequeño camarote está lleno de gente. «Llueve», dice alguien cuando yo pregunto qué pasa. Y otro: «Un chubasco fuerte; el viento está soplando duro, pero no tiene importancia…» Si tiene importancia o no, lo ignoro; pero que el viento sopla duro es mucha verdad, porque el barco baila hecho un cascarón. Como en una de las literas está instalado el aparato radiofónico, siento la voz de José comunicándose, ya con Santa Cruz, ya con Manzanillo, ya con los barcos que andan por el golfo de Guacanayabo a tales horas. «¡Cambio! ¿Copiaste?» José da la cuenta de la novedad, «que nos incomoda un poco, pero nada más». Una de las veces que habla lo hace con el «Dixie», que dejamos atrás en las últimas horas de la tarde remolcando tres patanas llenas de víveres. El tono es de ruda ternura. Trata de hermanos a los tripulantes y les pregunta cómo la van pasando «con esas barcazas tan incómodas».

A las ocho vuelve la calma, pero faltan todavía más de tres horas para tocar tierra. Ahora la noche es clara, alta, llena de estrellas, con «el doble cuerno de la media luna» como encajado en raso oscuro. Se nos va el tiempo en hablar, contando anécdotas. Jaime Pons recuerda a un hermano suyo, buen decimista, que ha compuesto «algunas cositas» sobre distintos acontecimientos, entre ellos el ciclón del 32, y que también trabaja en el mar. Dice algunos versos, pero se le escapan los demás…

El patrón estaba en lo cierto. A las once y media exacta surgimos junto a los muelles de Manzanillo. No va a haber descarga en la noche y los muelles están tranquilos, aunque hay algunos obreros. Hablo con ellos. Cuando les digo que en Santa Cruz se trabaja todo el tiempo, una voz me responde con viveza: «Nosotros también. Lo que pasa es que cuando hay un tiempo largo entre dos barcos, nos parece que es mejor descansar.»

Al día siguiente, muy temprano, encuentro a los obreros descargando. Me dicen que todavía tardarán una hora. Aprovecho ese tiempo libre para observar los alrededores. En un vasto espacio yermo que hay junto a los muelles y que está separado del mar por una cerca de madera, cincuenta o sesenta personas parecen esperar la orden de partida. Todos llevan bultos o pequeñas y rústicas maletas; todos están serios, y en más de un rostro pone la angustia sus sombrías cicatrices. Son campesinos de la zona rural manzanillera, a quienes el ciclón ha dejado sin nada por el momento; gentes que tienen (o tenían…) familiares allá.

Hablando fuerte sólo se escucha a un hombre joven, de tipo indiado y rostro simpático. Es un campesino de Guamo Viejo, que cuenta sus experiencias.

Se detiene.

—Ni qué comer —añade—. Porque comiendo no importa que el remiendo llegue hasta el tobillo. Hubo gentes que se volvieron locas y a machetazos querían derribar cuando veían en pie. Las volvió locas el viento, el agua, el desamparo, el no dormir y estar esperando la muerte tanto tiempo. ¡Figúrese! ¡Noventa y ocho horas lloviendo sin parar! De esa manera tiene que finarse hasta Sansón…

Luego nos dice que fue en El Mango, y que hubo sitios en que los animales «cambiaron de ser».

El primer día llegaban las vacas empujadas por la corriente, bramando y temblando; al día siguiente, ya puestas a salvo, estaban desesperadas y embestían. Mire otro caso. Usted sabe que la paloma y el cernícalo nunca han sido amigos, ¿no? Pues en este viaje tuvieron que serlo. Yo vi dos junticos, ala con ala, echados bajo una guanaja para protegerse.

El campesino, que se llama Esteban Ávila Carbonell, nos dice luego que en aquella región, de setecientas treinta y ocho personas sólo se ahogaron seis. Fueron mujeres todas. Venían en un chalupa en un grupo con otras gentes. Pero se asustaron; quisieron agarrarse al que iba manejando y volcaron la embarcación. Por mucho que sus compañeros se esforzaron, el agua se las llevó.

—¿Y ahora? —le pregunto.

—¿Ahora? ¡Vamos a ver! Sí, sí; vamos a ver cómo está aquello. Fango, muchísimo fango y ni donde meterse. Pero bueno, hay que seguir. Yo no voy a morirme después que me salvé de lo peor…

Hoy, 29-X-1963.

Nicolás Guillén

 

Facebook Comments
 

Deja un comentario