Mariana Grajales Cuello, traída al presente

Los libros más útiles son, precisamente, aquellos que nos dicen más cuando volvemos a leerlos. Me ha atrapado recientemente, por segunda ocasión, el volumen Mariana Grajales Cuello. Doscientos años en la historia y la memoria. El tratamiento dado a esa personalidad por artistas e historiadores cubanos, rectificaciones y aportes con relación a lo que hasta ahora conocíamos sobre ella, una descripción detallada del entorno socioeconómico en el que se desarrolló, valoraciones desde perspectivas raciales y de género, su impronta en la escena y la literatura cubanas, son algunas de las cuestiones que aborda el volumen editado bajo el sello de las Ediciones Santiago.

El conjunto de textos se unió a la celebración nacional por el bicentenario del natalicio de Mariana, declarada oficialmente Madre de la Patria y símbolo, para varias generaciones, de la mujer cubana. El libro agrupa veintidós trabajos de veintiocho autores que respondieron prontamente ante el llamado de los dos coordinadores del volumen, los doctores en ciencias históricas Damaris Torres Elers e Israel Escalona Chádez, profesores de la Universidad de Oriente.

Llama la atención del lector especializado en temáticas históricas que el libro reúna poemas inspirados en la leyenda de Mariana, de la autoría de poetas orientales de tres siglos, compilados por el editor y antólogo León Estrada. Otras visiones de Mariana, validadas o no por algunos de los autores del compendio fueron las de: Nydia Sarabia –al decir de Israel Escalona, “una de las historiadoras que con más sistematicidad ha incursionado en la reconstrucción de la existencia de grandes luchadoras”, y autora de los textos “La mujer en la historia política colonial de Cuba” e Historia de una familia mambisa: Mariana Grajales–; Zuleica Romay Guerra, quien ha considerado a Mariana en su estudio Elogio de la altea o las paradojas de la racialidad, un emblema de todas aquellas mujeres que combatieron en las filas del Ejército Libertador; biógrafos de Antonio y José Maceo como José Luciano Franco, Leonardo Griñán Peralta, José Miró Argenter, Eusebio Hernández y Abelardo Padrón; Longinos Alonso, autor de los folletos Mariana Grajales, madre de los Maceo y Mariana Grajales, viuda de Maceo; intelectuales que reflexionaron sobre la importancia histórica de la figura de Mariana Grajales, como Aida Rodríguez Sarabia, José Guadalupe Castellanos, Manuel Navarro Luna, Félix Alpízar, Arturo Clavijo Tisseur, Armando Leyva y Dulce María Carbonell; historiadores como Raúl Rodríguez La O, Olga Portuondo, Eduardo Torres Cuevas, Baldomero Álvarez Ríos, Adys Cupull y Froilán González; testimoniantes como José Martí, María Cabrales, Fernando Figueredo, Enrique Loynaz del Castillo, Manuel de la Cruz, Francisca Ulloa, Dominga Maceo, José Antonio Maceo Font y Lucila Rizo Maceo; artistas como Ernesto Bavastro Cassard, Teresa Sagaró Ponce, Alberto Lescay Merencio, Esteban Valderrama Peña, Armando Rodríguez Horritinier (sic), Luis Mariano Frómeta Bustamante, Teodoro Ramos Blanco, Manuel Caselles, los integrantes del equipo multidisciplinario que concibió el complejo monumentario de la Plaza de la Revolución Mariana Grajales en Guantánamo –Rómulo Fernández Bilardo (arquitecto), José Villa Soberón, Enrique Angulo, Lázaro Ternord (escultores), Lázaro Enrique (diseñador gráfico), Esteban Fernández (ingeniero estructural), Frank Fernández (pianista y compositor)– y los anónimos autores de dos acercamientos pictóricos a la madre de los Maceo, reseñados por Bárbara Oraima Argüelles Almenares, y el busto de Mariana Grajales en San Luis, descrito por Aida Liliana Morales Tejeda; autoridades políticas del siglo pasado como José R. Barceló, A. Villalón, Max Henríquez Ureña, Claudina Rizo, Alfredo Zayas y Gerardo Machado; dramaturgos como Georgina Herrera y Carlos Padrón; y combatientes de ayer y de hoy, como la Heroína de la Sierra y el Llano Vilma Espín Guillois y la Teniente Coronel del Ministerio del Interior Tania Grajales Columbié.

Los textos muestran concisión y sobriedad. Algunos abordan cuestiones tan precisas y concretas como la estimación de Mariana por su hijo José, de la cual puede hablarse de modo infinito pero también se puede resumir a dos aspectos esenciales: la correspondencia cruzada entre ambos durante el periodo de confinación del segundo luego de la Guerra Chiquita y el poder notarial entregado por la madre al hijo en 1878 para que la representara en la administración de los bienes familiares. Semejante ejercicio de síntesis, demostrado por los investigadores Alexis Carrero Preval y José Miguel Puente Reyes, permite adentrar al lector de forma novedosa –aunque discreta y breve–, y sin complejos artificios de Academia, en una faceta ampliamente abordada en el caso de la personalidad de Mariana: la de madre ejemplar.

El citado ejemplo refleja el estilo de todo el libro. Economía y síntesis son sus mejores aliadas, sin perder por ello la objetividad, la claridad y la profundidad, el sentido académico y recto. Descontando algunas zonas en las que se aprecian leves controversias entre ellos, los veintidós textos discurren como escritos por un autor.

Tal vez algunos sí debieron extenderse más o ampliar sus presupuestos, como el titulado “Imagen de Mariana en la poesía cubana”. Aquí León Estrada prefiere que “sean los propios textos los que dibujen su transcurrir”, evitando brindar así valoraciones sobre los poemas y sus autores que hubiesen sido, en mi opinión, aportativas. No obstante, incluir los poemas encontrados por Estrada es, de hecho, mérito mayor para un “libro de Historia”, que pudiera calificarse como esclarecedor e inusual en el ortodoxo contexto editorial de la Isla.

Otro de los grandes valores que exhibe Mariana Grajales Cuello. Doscientos años… essu pluralidad. En el prólogo a la edición, el presidente nacional de la UNHIC, doctor Roberto Pérez Rivero, agradece esta particularidad:

Recientemente expresé a un colega que una de las opciones que he aplicado ante la falta de tiempo, para poder

Cortesía del Autor

obtener resultados investigativos y sobre todo publicarlos, es no trabajar en solitario. Cuando se busca alianza con otros colegas en un proyecto común, el recurso tiempo se economiza con mucha eficiencia. No solo se avanza más en menos tiempo, sino que se logra mayor calidad en el resultado que se obtiene.

Sin embargo, una mirada colectiva de tamaña magnitud es siempre indicadora de una “sospechosa” variedad que pone sobreaviso, incluso, a los buenos lectores e incondicionales amantes de la historiografía cubana. Pero la propuesta logra sorprender –y llega a cautivar–, planteando retos a los nuevos investigadores. En esta dirección, apunta el doctor Pérez Rivero, el caso de Mariana es el de muchas “mujeres destacadas”:

¿Cuánto se desconoce sobre la participación de la mujer en las guerras por la independencia? Mucho, ellas no solo fueron madres o esposas de combatientes, sino que participaron en la contienda directa o indirectamente. ¿Sabemos todo lo necesario respecto al impacto de los acontecimientos bélicos en su vida y en la de sus familias? muy poco, es una realidad.

En esta línea, como afirma el prologuista, se insertó este hermoso libro que coloca a Mariana Grajales en su dimensión exacta, diciendo de ella lo que aún no se había mostrado o había sido expuesto a medias: “De sus mismas reflexiones, y a partir de otros repasos que del tema de Mariana Grajales se han realizado, se puede inferir que aún queda mucho por indagar y hacerle saber a nuestro pueblo”, concluye Pérez Rivero. Para ello, la historiografía cubana y los historiadores deben incrementar su impacto en las instituciones y las personas. Una prueba de ello aparece en un estudio en desarrollo cuyos resultados parciales muestran los autores Ismaela Hechavarría Trujillo y Oscar García Fernández en el artículo “¿Cómo se refleja Mariana Grajales en los libros de texto escolares? Notas para un estudio”.

Resulta interesante además la inclusión en el compendio de textos de autores que no son historiadores de oficio y, sin embargo, sus especializaciones y miradas sucesivas hacia el campo de la investigación que dominan les han permitido insertarse de modo coherente en las páginas de Mariana Grajales Cuello. Doscientos años… Tal es el caso del propio Oscar García Fernández, doctor en Ciencias de la Computación; del dramaturgo, asesor e investigador teatral Pascual Díaz Fernández y del doctor en Ciencias Literarias Ronald Ramírez –quien reconstruye en el artículo “La polémica repatriación de los restos mortales de Mariana Grajales” el acontecimiento aludido, a partir de las publicaciones sobre el tema en periódicos de la época–.

Mención y elogio aparte lleva la inserción de Jean Stubbs, del Instituto de las Américas de Londres; Carmen Suárez León, del Centro de Estudios Martianos; y Norberto Escalona Rodríguez, colaborador de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado; en una selección de autores prácticamente santiaguera. Los criterios emanados de sus textos enriquecen la visión local (global) que aporta el resto.

Parecerá al cabo de la lectura atenta de este libro que en realidad sabíamos poco o nada sobre nuestra Madre mayor. Suele suceder que los libros más útiles son, precisamente, aquellos que nos dicen cosas que ya creíamos saber.

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