Renace el Gran Zoo

El día 6 de julio de 2019 fue memorable para la Fundación Nicolás Guillén en la provincia de Ciego de Ávila y para la cultura cubana. Se materializó un sueño que nos desvelaba hacía ya muchos meses. La escritora Lina Leiva, vicepresidenta de esta institución, había tenido la idea de usar el inmenso traspatio de la Fundación como sitio para recrear la excelsa imaginación de Guillén, volcada en los poemas de su libro El gran zoo. Inmediatamente se lo comunicó a la profesora Yamila Ferrá, coordinadora junto a Lina del proyecto Las barcas de cristal, y así surgió la idea de hacerlo involucrando a los estudiantes de este proyecto. Hubo que atar muchos cabos y entusiasmar a demasiados amigos para que esta idea comenzara, tal y como ocurrió en la mañana del 6 de julio.

Escultura de 3.60m de Raúl Wong

Instituciones como Materia prima del municipio, la UNEAC de Morón y de la provincia, Radio Morón, la Fundación Nicolás Guillén en el país, trabajadores por cuenta propia que se sumaron al empeño, tales como Zurita, mecánico de bicicletas; El Papa, dueño de una bella paladar; los soldadores Héctor Díaz Cepero (El Niño), Félix Díaz Mouré y Adriano Hernández López, todos pendientes de la imaginación del artista de la plástica miembro de la UNEAC, dibujante, caricaturista, especialista en la escultura en chatarra, Raul Wong Espina quien, con maestría inigualable, fue conformando pieza a pieza ante nuestros asombrados ojos la inmensa escultura de 3.60 metros que da inicio al sueño de El gran zoo

Mención aparte merecen los alumnos de Las barcas… que, visiblemente impresionados, seguían paso a paso el surgimiento de la escultura imponente, donde el color cubano está presente desde la base hasta el último mechón de cabello soldado en las alturas por El Niño. Pero este grupo de alumnos, en representación del proyecto, no sólo seguían los acontecimientos, sino que se convirtieron en protagonistas de los mismos, pues algunos se atrevieron a dar ideas, las que permanecerán para siempre entre el amasijo de hierros que conforman la obra.

Adolescentes del proyecto Las barcas de cristal

La jornada comenzó con un sencillo acto inaugural donde el alumno Miguel Pardo Rodríguez, con voz de barítono dijo: “Por un acuerdo del Ayuntamiento / fue creado este Gran zoo / para nativos y extranjeros…”. Él no sabía, estoy seguro, de que con sus palabras renovaba ese viejo Gran zoo y daba paso a un acto de verdadera continuidad en el arte. Después me tocó explicar las oniromancias que pretendíamos hacer realidad ese sábado veraniego. Entonces dije que conmemorábamos los 30 años de la desaparición física del Poeta Nacional, que estábamos felices porque cumplíamos con los preceptos de la política cultural por la que abogó Fidel en Palabras a los intelectuales y por la que apostó Miguel Díaz-Canel hace apenas unos días en el recién concluido IX Congreso de la UNEAC y lamenté la ausencia de las tantas instituciones que con ilusión y sinceridad invitamos.

Yuleidy, esa actriz de marca mayor que es parte de nuestra casa, se desdobló en una negra de solar y nos regaló un poema dramatizado; Yamila con sus navegantes evocó el fantasma de Nicolás y casi lo trajo a nuestro patio; José Angel, el coordinador del proyecto audiovisual de la Fundación, trataba de apresar con su cámara, ya no fotos ni vídeos, sino emociones, lo cual no le resultó tan difícil… mientras esto ocurría en el Patio del pozo, sede de Las barcas…, en el traspatio, que de un momento a otro dejaría de ser anónimo para tomar el nombre de El gran zoo, los soldadores abrían un inmenso hueco en la tierra donde quedarían sepultadas la base de la escultura y las raíces de la cubanía de Nicolás Guillén.

Las varillas de soldar y las piezas reunidas resultaron insuficientes porque la imaginación de Raul Wong se fue a bolina, como el papalote de la canción de Silvio, y no había forma de pararla. Tres veces tuve que salir en mi viejo Moskovich a buscar varillas y pedazos de metales inservibles que en las manos de Wong cobraban vida.

Quiero contar una pequeña anécdota al respecto. En una de las ocasiones en que fui a Materia prima a buscar elementos para la escultura, estaba concentrado en mi búsqueda sin darme cuenta de que era atentamente observado por dos personas. Una de ellas, mientras yo llevaba dos discos de cloche en las manos me preguntó intrigado para qué quería eso y le respondí muy serio que eran para la base de las patas de una butaca. Sus rostros reflejaron una expresión indescriptible, pero yo no hice caso, andaba de prisa y me quedaban algunas piezas por cargar. Cuando ya sostenía el último elemento: un angular en forma de ele, el mismo señor me preguntó: “y eso para que le servirá”. De prisa, casi sin mirarlo, pero con mucha naturalidad y respeto, le dije: “esto es un brazo”. Los vi a través del espejo retrovisor de mi auto inmersos en una significativa risa, pero yo estaba muy apurado para detenerme a demostrarles que no estaba loco.

Muy emotivo resultó para los alumnos y todos los allí presentes cuando, al llegar el momento de plasmar en la escultura la emblemática bemba, símbolo de la poesía negra de guilleniana, mostré una autocaricatura original que Guillén había dibujado en uno de sus libros dedicados a su gran amigo moronense el Dr. Benito Llanes. Recuerdo que, también emocionado, les dije: “¡qué lujo, aquí se va a tomar como referencia para hacer la bemba de la escultura, un dibujo de la propia bemba de Guillén hecho por él mismo!” A ese punto ya nos daba lo mismo que la escultura tocara el cielo.

Equipo de la filial de la Fundación Nicolás Guillén en Morón

Hubo un instante en que, mientras la escultura cobraba forma en el traspatio, en el área de Las barcas… los alumnos, junto a su profesora Yamila, realizaban acciones artísticas espontáneas y un poco más distante, en la cocina, las dos Aimeé (Castillo y Ramírez) preparaban infusiones y pócimas para resistir el inmenso calor ambiental, emocional y humano. Miguel Varela (Tiquín), siempre presente y presto en estas aventuras, comentó en alta voz que en sus largos años de experiencia como trabajador de la cultura y ahora de la Fundación, jamás había visto algo semejante. “No te preocupes, Tiquín, le dije, esto es un poco de lo real maravilloso mezclado con algo de realismo mágico”. Eran las 7.30 de la tarde y ya habían transcurrido doce horas desde el comienzo de este largo y hermoso día de verano. Félix Díaz Mouré le daba los toques finales a una inmensa butaca construida con el objetivo de que los visitantes pudieran sentarse a contemplar la escultura. El Niño, sobre una larga escalera, iluminaba el patio con el arco de luz que despedían los electrodos: eran los últimos destellos de la jornada. Al descender, Wong dijo: “ya no tengo nada más que colocar: ¡ahí está el color cubano!”. Un aplauso resonó en el atardecer. Estábamos felices y satisfechos. Acababa de nacer un nuevo espacio: El gran zoo, presidido por una enorme escultura colmada de mensajes, cubanía, identidad, transculturación, sugerencias… para verla hay que mirar obligatoriamente al cielo azul gigante y democrático como el mar de Guillén.

José Angel se empeñó en tomar una foto histórica con todos los participantes. El sol ya estaba a punto de esconderse, de manera que la contraluz era inevitable. Posamos junto al gigante metálico del verso y la palabra. Nuestros rostros reflejaban su felicidad pese a que los rayos del astro rey luchaban contra el lente para impedirlo. José Angel apretó el obturador, nos mostró la foto: habíamos vencido la contra luz y todos los contras que pudieron haber empañado el renacimiento de El gran zoo.

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