WIFI en el parque

La primera vez que escuché la palabra WIFI fue en la ciudad de Santa Fe, en Argentina. Habíamos viajado mi esposa, la escritora Lina Leiva y yo a dicho país a fines del año 2013, invitados por la Asociación Cultural del Litoral. En todas las casas de familia e instituciones que visitamos, la palabra de orden era WIFI. Mi amigo, el trovador Clodoaldo Parada, en cuyo hogar transcurrieron nuestras jornadas santafecinas, pese a que disfrutaba de ese último grito de la moda de las comunicaciones, nunca supo explicarme en qué consistía. Se limitaba a mostrarme una cajita con una antena y a decirme que a través de la misma en su casa lo hacían todo.

Cuando más me acerqué un poco a la verdad y pude despejar algo de la ambigua explicación de mi amigo, fue en nuestra visita a la ciudad de Rosario, especialmente al Vilcabamba, una tienda de artículos folklóricos, cuyos dueños son paradigmas de la defensa de la cultura tradicional, la solidaridad y la amistad. Allí, en medio de uno de los mejores asados que degustamos en nuestro bregar por la gran Argentina, el trovador Pablo Poletto me explicó los beneficios del WIFI y concluyó diciéndome que tenerlo en cada hogar no era un lujo, sino una necesidad.

Esa afirmación la pude constatar al ver que el mencionado dispositivo con la antena estaba presente en cada sitio que visitamos. Podía faltar cualquier cosa, menos la cajita. Llegó a impresionarme tanto lo del WIFI que le pedí a mi amigo Clodoaldo uno de aquellos artefactos para traerlo a Cuba, así cuando tales adelantos llegaran a mi país…

En el aeropuerto José Martí pasé mi buen susto porque al chequearme el equipaje no querían dejarme pasar mi nuevo y desconocido juguete. Por más que le explicaba a los funcionarios de la aduana, menos entendían, hasta que al verme con una guitarra al hombro, pensaron que el aparato era algo así como un pedal para producir efectos acústicos y me dejaron por incorregible.

Transcurrieron dos años en los que la palabra WIFI me llegaba a través de revistas, de la columna Hilo directo del periódico Granma, de la televisión, hasta que un buen día la escuché más de cerca, es decir ya no como una noticia lejana, sino como algo factible, palpable ¡al fin la cajita que había traído de Argentina me iba a ser útil!

Cada día el WIFI se acercaba más, hasta que arribó a mi país, pero no a los hogares, sino a determinados parques de determinadas ciudades. Claro, primero habría que probar, de manera que, en Morón, por ejemplo, el WIFI se posó como un ave invisible sobre el parque Martí.

Surgió entonces otra modalidad de pasar el tiempo libre y de la gente reunirse como el ganado en un cuartón, con la diferencia de que las talanqueras eran invisibles. Me impresionaba, al pasar por la avenida contigua al parque, la diversidad de edades, razas y géneros que se aglomeraban en el área permisible por las milagrosas ondas, para hablar y ver a sus familiares de cualquier parte del mundo a través del celular, una tableta o una laptop.

Un buen día llegó el momento de vivir mi experiencia directa con el WIFI. Era sábado y nos reunimos en el parque, gracias a la bondad de este último grito de las comunicaciones, toda la familia. Los maridos de las hermanas de mi esposa, los hijos, los sobrinos. Como llegamos temprano pudimos hacernos de uno de los bancos del parque, en el cual se sentó la persona ducha en el manejo del celular desde donde íbamos a ver y a conversar con las tres esposas que andan merodeando por Tenerife, su segunda patria.

La sobrina de mi esposa, la que manejaba el celular dijo que se le habían quedado los audífonos de modo que había que tener el oído de un perro para poder mantener una conversación coherente. Al fin aparecieron en la diminuta pantalla las tres hermanas sentadas en un sofá en algún lugar de Tenerife. Obviamente primero habló el que pagó la tarjeta, es decir el marido de la hermana más pequeña de mi esposa. Como ellas estaban en la privacidad de una casa preguntaban cosas que eran muy difíciles de responder públicamente. Aquello se tornaba macondiano cuando ellas preguntaban si las queríamos, si las extrañábamos. Lo más terrible era cuando nos pedían que les tirásemos un beso. Es muy difícil tirar un beso desde un parque extremadamente público hasta Santa Cruz de Tenerife, pese a todos los satélites que se ponen en función de ello.

Cuando me tocó conversar no sabía qué hacer pues si la veía no la escuchaba, de modo que después de ver su imagen a todo color por la pantallita del celular, me lo coloqué al oído para escuchar lo que me hablaba, pero entonces ella dijo que distinguía una cosa rara, que ya no percibía mi rostro, pues claro, la cosa rara que veía era mi oreja con todos sus martillos y yunques.

Pese a todo lo contado, nuestra familia fue de las que mejores se comportó. Justamente al lado de nosotros, tan cerca que las conversaciones se entrecruzaban, un señor le decía a la que evidentemente era su esposa y que estaba en algún lugar muy lejano del planeta, que no se preocupara que él era fiel. La esposa continuaba fustigándolo con lo de la infidelidad, hasta que se gastaron los dos CUC de la tarjeta discutiendo esa bobería. Finalmente, el señor se molestó y le dijo que se iba a quitar el atraso con la primera que se encontrara. Desde el telefonito se escuchó una voz metálica y chillona que decía: “¡Atrévete!”

Frente a nosotros una joven se aferraba a su tableta y lloraba. Después de tanto llorar y decir que amaba a la persona que aparecía en pantalla, le recalcaba hasta el cansancio que mejor le mandara el dinero en euros porque valía más. A su lado, en el mismo banco, otra se pasaba el teléfono por el cuerpo, como si estuviera haciéndose un ultrasonido. Lo detenía en la zona de la cintura, lo pasaba cerca de los senos y comentaba: “Mi amor, me mantengo como mismo me dejaste, mira para que veas que no te miento. Uso la misma talla, ¿sabes?”.

Me dio la impresión de que estaba en un manicomio. Cada loco con su tema, como dice la canción popular. Unos lloraban, otros reían, algunos se enfadaban. Juramentos, promesas, besos al por mayor, no sé si los satélites pueden distribuir tantos besos… y todo eso ante la mirada compasiva de José Martí quien, desde su pedestal, observa cada día a ese rebaño humano en su cubil invisible, abriéndose al mundo, buscando un poco de consuelo en cualquier sitio del globo terráqueo.

  • El escritor Larry Morales, director de la Filial de la Fundación Nicolás Guillén en Morón, escribió esta crónica para el espacio las Barcas de Cristal, que coordinala escritora Lina Leyva. En este ámbito se discute y reflexiona con los jóvenes sobre diversas problemáticas de su realidad actual, además de crear un vínculo directo entre su realidad, la literatura y la poesía.
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